En el pasado cuando el mundo se estaba creando, el sol y la luna se conocieron, aunque solo se veían pequeños instantes, la Luna sentía una inmensa emoción cada vez que el amanecer o el atardecer llegaba. El solo hecho de poder ver al sol, ya era suficiente para que su noches enteras cobrarán sentido que giraba alrededor de él.
El sol era radiante y daba luz a cada parte del universo, sin embargo, y aunque brillaba para la luna de igual manera, la luna nunca pudo sentir con intensidad este calor y brillo que anhelo con ansias por tanto tiempo. En algún momento, sus almas se unieron un breve instante pero la distancia, el tiempo y los lugares no lograron sellar su amor por la eternidad.
Unos siglos después la luna conoció a la aurora boreal. Ella llegó a iluminar las noches de la luna, y aunque no podrían estar juntas todo el año, siempre que lo estaban su amor era tan inmenso que la luna llena iluminaba los cielos nocturnos.
Aunque pareciese que opacaba a la aurora ante los ojos de la humanidad, no era así, la luna y la aurora brillaban y dejaban que las noches estuvieran iluminadas por ambas, ellas y su amor se consumaron una y otra vez en estas noches donde la presencia de ambas desembocaba los más bellos colores en el cielo. Aurora era su complemento de cada noche en la que aparecía y por la que sentía el amor más inmenso y eterno que la humanidad podría presenciar.
La luna y la aurora eternamente permanecieron juntas por que la presencia de la otra solo genera que las noches parecieran los momentos más íntimos y bellos, que solo ellas dos podrían generar eternamente.