Entre las sombras de los escombros y la luz mortecina que apenas lograba filtrarse en la sala, su figura se deslizó con esa gracia antinatural que lo caracterizaba, como una serpiente moviéndose por aguas que conocía demasiado bien. No hubo sonido alguno al avanzar; sus pasos eran lentos, casi ceremoniales, hasta detenerse a unos metros de distancia, aun escondido la oscuridad. Su presencia pesaba, densa, imposible de ignorar. Los ojos apagados se fijaron en Dogday con una intensidad inquietante, vacíos y profundos, como si observaran algo más allá del cuerpo tenso que tenía frente a sí. La sonrisa permanente, esa mueca torcida y tétrica grabada en su rostro, no se alteró ni un centímetro.
Las orejas felinas apenas se movieron, un leve gesto casi imperceptible, reaccionando al temblor en las manos ajenas, al olor del miedo mezclado con la vainilla natural como una burla inconsciente a la sensación. Catnap no avanzó cuando el cuerpo del canino se tensó; por el contrario, se mantuvo donde estaba, como una estatua permanente, cuyo aroma a lavanda solo delataba su vitalidad. Su mirada descendió lentamente, observando las piernas torpes, al parecer recién recuperadas o hechas. No lo sabía. No le tomaba importancia; era solo una pieza del rompecabezas que una vez él masacró con sus propias manos.
Un hilo de gas de amapola escapó suavemente de su boca, no lo suficiente para invadir ni forzar, apenas una presencia tenue que se disolvía mucho antes de alcanzar al otro, como si solo hubiese suspirado y, ciertamente así era. Catnap ladeó ligeramente la cabeza, un gesto felino cargado de una curiosidad oscura, casi inercia. No respondió a las palabras de rechazo; no lo necesitaba. Su silencio hablaba por él, pesado, incómodo, pero extrañamente constante.
⌗ Lo di todo —cry—.
Hermosa tu narración. ♡