No fue necesario esperar mucho más luego de lo que había identificado como orden: sin quejas, de un “click” la habitación queda totalmente a oscuras.
Su acción transcurrió con lentitud, la suficiente como para mantener un segundo extra la voz del caballero atrapada en su cabeza; el susurro resuena más de lo que debería, pero es aquello lo que finalmente le da una respuesta... Si tanto lo anhelaba, ¿por qué detenerse, sabiendo que puede continuar y posiblemente conseguir más? La idea le fascina, pero la imagen de Lancer con un mal sabor de boca le aterraba, y eso si era algo nuevo.
Estaba ansioso por reanudar su tacto, por envolverlo en sus brazos sin intención de sofocar —pues parece que ha encontrado otra forma de hacerlo—
como si supiera de cada cosquilleo,
como si entendiera cada cosa no dicha. Aun así, no se atrevió a confesar “yo también lo estoy”, no por tenerle cerca, a eso estaba acostumbrado. Sino por creerlo así.
Por primera vez se sentía íntimo de verdad, escapando del largo laberinto que había recorrido durante toda su estancia y, al final, encontraba a Lancer descansando sobre la cama, esperándolo.
Ahora regresaba junto a él, donde quizá pertenecía. Deslizándose bajo las telas manteniendo un silencio inusual, simplemente los cascabeles recordando que efectivamente se encontraba allí.
Ocupa un poco del espacio en la almohada, frente a frente, observa a su caballero... Tan agotado, sabiendo perfectamente que fue un día pesado. La palma se asoma entre las sábanas, colocándola sobre la mejilla y, allí, mimando con su pulgar.
La respiración de Jevil siempre fue descrita como invisible, pero aquella vez estaba muy presente.
── ... Gracias ── Es extraño cuando sus palabras resultan tan tímidas, bajas. Tal vez deseando no molestarlo... O esperando no ser escuchado. ── Nunca... Nunca me había sentido tan humano, siquiera antes de llegar aquí.
Te amo, Lancer.