Cuando era niño, y mi padre aún vivía con nosotros, me encantaba estar con él. Siempre hacíamos cosas juntos: placas, planos, un dado, cualquier invento que se nos ocurriera. Entre todas las herramientas que me fascinaban estaban los pies de metro, los destornilladores y, sobre todo, los lápices. En especial, el Pentel for Fabric M10 negro.
Me encantaba robárselo, usarlo y, casi siempre, perderlo. A pesar de los retos y las reprimendas, ese lápiz me gustaba: su suavidad, su peso, la forma en que deslizaba sobre el papel.
Obviamente, mi padre ya no está; nos abandonó hace tiempo. Pero siempre me quedan los recuerdos.
Un día, mientras pasaba por la librería de un supermercado buscando pizarras y marcadores, lo vi: aquel mismo lápiz que me llevó directo a mi infancia. El Pentel negro que siempre atesoré. No miento al decir que se me llenaron los ojos de lágrimas, porque aunque el odio hacia esa persona aún vive en mí, una parte de mí recuerda ese lápiz como un recuerdo necesario.