En mi México mágico a penas será 2026 y, aunque dije que no me iba a poner sentimental, lo voy a hacer.
Este fue, sin duda, el año en el que más crecí como escritora. Antes de esto, mi mundo se limitaba a grupos de roleplay de dudosa procedencia a escribir a lo menso y sin pensar demasiado en lo que estaba creando. Hoy, aunque todavía me falta muchísimo, ya tengo algo que antes no: una historia con estructura más o menos y un rumbo al cual llevarla.
Me enamoré profundamente de la escritura. Y también estoy profundamente consciente de todo lo que hago mal. Sé que a veces describo demasiado las emociones, que caigo en el infodumping, que victimizo a la protagonista a más no poder, que rodeo las mismas ideas una y otra vez y que mis personajes secundarios no están bien escritos. Más que nadie me doy de esos errores, y de muchos más. Pero también entiendo algo que antes no: que equivocarse es parte del proceso.
Amo a mis personajes. Los amo de una forma devota. Amo cómo los construí en mi mente, cómo crecieron conmigo, cómo se niegan a hacer lo que quiero. Estoy ansiosa por seguir desarrollando historias con aquello que más amo: la mitología griega.
Y al final, todo lo que escribo está hecho de puro amor. Un amor honesto, real, intenso. El que nace de una chica que apenas está aprendiendo a escribir, pero que lo hace con todo el corazón.
(Mucho texto)