Después de años viviendo en la ciudad, Anne regresa a su pequeño pueblo, un rincón detenido en el tiempo, lleno de recuerdos y cicatrices que creía haber dejado atrás. Cada calle, cada aroma, parece susurrarle nombres, promesas rotas y sueños que el tiempo no consiguió borrar.
De pie en su antigua habitación, entre paredes que aún guardaban ecos de risas y llantos, descubre su viejo diario, oculto detrás de una estantería polvorienta. Sus dedos tiemblan cuando lo abre, como si estuviera desenterrando un tesoro y, a la vez, una herida.
Las páginas amarillentas la devuelven a los diecisiete años, cuando su mundo giraba alrededor de Sam, el chico que le enseñó a soñar y a creer que el amor podía ser eterno. Con cada palabra escrita, revive las miradas robadas, los besos a escondidas, las promesas susurradas bajo cielos estrellados.
Pero también revive el dolor brutal de la despedida.
Una decisión abrupta.
Una partida sin explicaciones.
Un "para siempre" que se quebró en el aire, dejándola con un corazón roto y demasiadas preguntas.
Ahora, con el diario abierto sobre las rodillas y el corazón latiendo como entonces, Anne se enfrenta a la pregunta que ha evitado durante años:
¿Se puede realmente sanar lo que una vez se rompió en mil pedazos?
¿O hay heridas que el tiempo jamás consigue borrar?
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