Tiempo, tiempo, a todos les importa el tiempo.
Pero nadie es capaz de olvidarlo por un momento.
Y en esa vana prisa por atraparlo,
se nos escapa la vida sin contemplarlo.
Ninguna vida queda congelada,
todo pasa en un fugaz momento.
Y en ese efímero instante que se desvanece,
la eternidad entera nos pertenece.
Y cuando damos el último aliento,
nos arrepentimos de no haber pausado un momento.
Mas al final, cuando el viaje termina,
lo que pesa no es la prisa,
sino el tiempo que no se ama,
el abrazo que el alma reclama.
Las acciones que pesan en el alma,
y el rayo del alba,
un ocaso perpetuo,
una mente cansada,
que busca en el silencio
un último puerto,
donde el tiempo ya no duele
y el sueño por fin es cierto.
Mas allá del silencio,
una vida comienza,
de manera silenciosa en tan solo un momento,
como un latido nuevo
que rompe la oscuridad,
despertando a la memoria
a otra oportunidad.
Una oportunidad blanca,
un brochazo nuevo,
con la cabeza baja,
sin prisa ni penas del alma.
Y en esa página en blanco
que empieza a latir,
no hay que buscar respuestas,
solo... existir.