Una linda historia:
Había un chico que cada mañana pasaba por la misma cafetería de la esquina antes de ir a trabajar. Siempre pedía lo mismo: un café con leche y una dona de azúcar. Pero lo que más esperaba no era el desayuno… sino la sonrisa de la chica que atendía detrás del mostrador.
Ella tenía una forma especial de decir “buenos días”, como si esas dos palabras bastaran para iluminar toda la jornada. Él, tímido, nunca se animó a decirle más que un “gracias”. Pero, cada vez que se iba, dejaba una pequeña nota bajo la taza. Al principio solo decía “gracias”, luego “que tengas un lindo día”, y con el tiempo, frases como “tu sonrisa mejora el café”.
Un día, al llegar, ella ya no estaba. El dueño le dijo que había tenido que mudarse a otra ciudad por motivos familiares. El chico se quedó mirando su taza vacía, con una mezcla de tristeza y resignación. Aun así, siguió yendo cada mañana al mismo lugar, aunque ya no la viera.
Pasaron los años. Él cambió de trabajo, de casa, de rutinas… pero nunca olvidó aquella sonrisa. Una tarde, durante una entrevista para un nuevo puesto, al entrar a la sala se quedó paralizado. Frente a él estaba una mujer con una carpeta en las manos, y una sonrisa que le resultaba imposible de olvidar.
Ella lo miró con sorpresa, luego bajó la mirada y dijo, conteniendo una sonrisa:
—¿Café con leche y dona de azúcar, verdad?
Él soltó una risa nerviosa y respondió:
—Solo si esta vez me dejas invitarte yo.
Ella asintió, con los ojos brillando. Y esa misma tarde, después de tantos años, tomaron un café juntos.
Desde entonces, cada mañana comparten el desayuno… y la sonrisa que un día los unió sin que ellos lo supieran.