Nací en 2006. Mi primer recuerdo del fútbol no es una jugada, es un estado de ánimo: la tensión en mi casa, la tele encendida y la figura de un tipo con la camiseta 10 sobre el hombro cargando el peso de un país entero. Crecí en un mundo donde Messi siempre estuvo ahí. No conozco otra Argentina que no sea la que se paraliza cuando él toca la pelota, la que calcula los horarios de los partidos como si fueran paros nacionales, la que aprende a rezar aunque no sea creyente solo para que a él le vaya bien.
Para nuestra generación, Messi fue el hilo conductor de la vida. Fuimos a la primaria escuchando que "no sentía la camiseta", que "era un catalán más", mientras lo veíamos agachar la cabeza tras cada final perdida, volviendo a levantarse en silencio. Lo vimos sufrir tanto que su sufrimiento se volvió nuestro. Lloramos en 2014, nos desarmamos en 2016 y nos tragamos la rabia en 2018. Pero su terquedad nos moldeó la cabeza: si el tipo más talentoso del planeta no se rendía después de mil piñas, ¿con qué cara nos íbamos a rendir nosotros?
Y después vino la recompensa. El 2021 en el Maracaná fue sacarnos una espina clavada en el corazón, pero el 18 de diciembre de 2022 no fue fútbol: fue justicia divina. Nos hizo salir a las calles a abrazar a desconocidos, a llorar en los hombros de nuestros viejos y a ver a nuestros abuelos sonreír como chicos. Nos regaló el día más feliz de nuestras vidas. Salimos a la calle cinco millones de personas no solo a festejar una copa, sino a agradecerle a él. Por fin el mundo era un lugar justo.
Aún me da un escalofrío en la espalda cuando recuerdo la oleada gritando "gol" desde el norte al sur. Se me eriza la piel con recordar su llanto de un "por fin" y al final terminan picándome los ojos también a mí.