—Debo… D-Debo irme, ¿si? Disculpa, Robbie… Son cosas del estudio y así. Dile a tu madre que lo lamento.
Antes de que Robin pudiera decir algo —antes de que pudiera terminar de fracturarlo—, ya había salido del lugar.
(...)
El momento en que llegó el chofer a recogerlo —pues ya había uno que otro ojeando su silueta con un vago reconocimiento—, se echó en el asiento trasero como si fuese alguna clase de sofá improvisado.
El conductor no preguntó. El tampoco se molestó en explicar.
—Carajo…
La maldición se bamboleó de los belfos antes de que pudiera detenerla, embriagado en una ruptura imaginaria y un sentimiento de desesperanza que tomaría mil canciones para empezar a sacar su raíz de los cimientos de su propio ser.
Era estúpido. ¿Qué razones tenía él para sentirse mal? Robin tenía derecho a enamorarse, a explorar, a amar y ser amada de esa forma tan tierna que alguna vez tuvo la fortuna de sentir.
Sin embargo… por más sincero y más incondicional que fuese su amor a ella, eso no podía llenar el vacío que había dejado. Eso le preocupaba. ¿Estaba destinado a amar a alguien que no sentía lo mismo? ¿Era este su castigo por dejarla ir?
Miró al techo del auto, apenas logrando tomar en cuenta las múltiples sensaciones y sonidos alrededor suyo. El gentil ronroneo del motor debajo de él, las luces de la ciudad rebotando por todo el auto en borrones multicolor, la tenue música de la radio.
Entonces, ya un poco más sobrio, tomó un vistazo a uno de los anillos en su mano.
Recordaba vagamente que Robin se lo había dado luego de comprar un par de anillos, algo acerca de joyería de pareja y así. El tipo de gestos que de lejos, en la perspectiva de cualquiera, era algo tonto. Quizás empalagoso.
@_rubyheart