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Ni una sola envoltura de esos chocolates, ¿será que por fin aprendió a tirarlas en el lugar correcto? Eso o tuvo la pequeña conexión en su cabeza para darse cuenta que gracias a esas envolturas lo encontraba muy fácil. Sencillo, nada más con hallar la primera solo era cuestión de seguir el camino a casa, igual que con las migas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel. Aunque, ahora que lo pensaba, ¿no será que en realidad se las deja a propósito y si se dió cuenta que por eso lo buscaba a veces? No, no, no importa.
Está vez lo extraño es que no se cruzó con ninguna envoltura.
No lo encontraba a él por ninguna parte…
¡Perfecto! No es como si lo extrañara o algo parecido. Por supuesto que no, ¿quién extrañar a un tonto que encuentra cualquier cosa para fastidiarlo? Con una sola palabra mal dicha ya era suficiente para que se tomara la delicadeza de ser tan molesto. Sí, fue mejor no cruzarse por ningún rincón y que su hermana tampoco supiera en dónde estaba. Aunque sonara «tonto» viniendo de ellos al decepcionar a la imagen de su padre como «conocedor de la ubicación de tesoros». Pero ahí hay un error, Sharpe no es un tesoro, no es más que un baboso, sin ofender a los pobres caracolitos que no tenían la culpa de nada.
Pues claro, aunque no tengan en frente a Damián puede decir que tiene baboso escrito en el rostro. Al menos así se ve en la piedrita que llevaba en manos, misma que Lucian uso para «plasmar» la tonta expresión que relaciona a Sharpe.
Es mejor tenerlo alejado, entre tantas tonterías casi iba a terminar temiendo por la seguridad de su pobre violín. ¡No quería que le pasará nada a manos de ese loco! Sería como regalarle su consentido al rey del mismísimo infierno.
No, no.
¿Y sí usaba las cuerdas como hilo dental? ¡Mejor! A ver si se raya los dientes y le da vergüenza para que se quede con la boca cerrada en lugar de parlotear tantas tonteras.
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Alistair apenas parpadeó con una lentitud desconcertante, casi parecía recién despertar de un hermoso sueño. Sus azules se acercaron al rabillo de sus ojos, volteando un poco su rostro, porque a pesar verlo de soslayo, necesitaba que nada se interpusiera entre ellos, ni siquiera la translúcida tela del velo que utilizaba.
Antes de que todos los recuerdos empiecen a desvanecerse.
Sacudió un poquito la cabeza al cerrar los ojos, casi podría creer que se sintió mareado.
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La mano de Alistair apareció entre las teclas más altas y el cambio fue inmediato.
Su primer sonido fue suave, claro, casi luminoso, como el rayo de sol imaginario entre la tormenta, el indicio del próximo nacimiento del arcoiris. No rompió la música, se deslizó dentro de ella con el cuidado de un músico experimentado o nada más que la compatibilidad entre dos piezas diferentes que logran encajar con una belleza inesperada. Un sonidillo que solo parecía una risa, tierna e insistente en su baño de gentileza.
Una nota que parecía estar escrita en las partituras por más discordante que fuera con la melodía inicial.
Y en medio de las notas de Damián, Asahi encontraba la puerta, la ventana, la rendija idónea para entorpecer con las suyas propias.
Antes de que se vaya y se aleje de él…
Sus dedos presionaban con cariño y vitalidad las teclas. La sola melodía de Asahi intentaba abrazar aquella oscuridad, aquel pequeño brote de flor resistiendo en la árida e infértil tierra, esa estrellita que imaginaba sentir desde el primer día, a pesar de ignorarlo. E igual, sin importar cuanto lo negara, la música expresaba y ello es lo que sus dedos expresan sin palabras. Porque sus notas se colaban como el rocío entre los acordes graves, pintando las partituras con sus propios colores.
Un brote de alegría que no negaba los sentimientos de las manos opuestas, que no las callaba, sino que lo acompañaba.
Firme y dulce.
Las manos se rozaron, un accidente.
El piano seguía vibrando, pero está vez no solo por la melodía que continuaba danzando en el aire.
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Las cejas de Alistair bajaron, solo podía verle gran parte de la espalda. Pero ello era suficiente para saber que ese fino ropaje eran de Sharpe, no por las puras lo reconocía desde esa posición antes de colgarse encima de él; ver ese cabello oscuro como la noche misma ahora repleto de movimiento era lo único que necesita para reconocer a Damián, era una suerte darse cuenta del tono de esos mechones.
Sus dedos se tensaron, por poco soltaba el estuche y la piedra que habrían revelado su posición. Es que…
El ambiente era cruel.
Las notas brotaban densas, graves y violentas. Esos dedos libran una batalla con cada una de esas teclas. Cada acorde parecía arrancado a la fuerza del pobre piano sometido a su actual propietario. Un instrumento que respondía con temblor visible, sus tímidas protestas por no ser partido en miles de pedazos cuan corazón roto.
Juraría que ese piano temblaba con cada presión brusca de esos dedos contras sus teclas. La madera se balanceaba. Las patas luchaban por no ceder, mástiles compitiendo contra un anómalo oleaje en medio de la tormenta. ¿Tormenta de emociones…?
Había rabia en esa música, una furia entrenada y pulida cuan valioso diamante. Gritos que encontraban el modo de ser una pieza enseñada a ser «magistral». Bajo esa superficie estaba ese vacío interno que se ordenaba en los golpes precisos.
Lo sentía. Siente haber escuchado esa oscura pieza musical en el pasado, en algún lado. Quizá más de una vez, tal vez la pasada era la primera que lo hacía sentirse tan atraído a esta.
¿La oscura pieza musical del pasado puede ser la misma que golpea sus tímpanos ahora…?
Es imposible.
Pero la escuchó en el pasado. En esta vida o en otra…
¿No extrañarás…?
¿Las noches que nos distanciabamos?
Y tal cual, lúcido, antes de que ese hilo fuera cortado en medio de aquel vendaval, la mano de Lucian se atrevió a entrar.
El estuche colocado en el suelo y la tonta piedrita encima del piano.
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