Elías parpadeó un par de veces, todavía entre el sueño y la realidad, mientras lo que Arthur decía se conservaba como un monólogo a falta de respuesta. aquel tirón en el pecho que aparece cuando uno se ve desnudo desde un lugar que no tiene nada que ver con la piel terminó de despertarlo del todo.
bajó la mirada un instante hacia las sábanas revueltas, símil a una trinchera entre los dos, en un intento de encontrar un orden a las palabras antes de dejarlas salir.
respiró hondo, en busca de arrancar el hilo de una respuesta que no sonara peor en voz alta.
—mira… creo que e’to se piensa mejor con café en mano. no voy a dar respuestas en ayunas, que me salen todas torcida’.
se incorporó un poco más, apoyándose en la rigidez de la cabecera para articular mejor.
— y si vamos a repartir responsabilidade’... —continuó, ahora con un dejo irónico apenas perceptible— fuiste tú el que terminó en mi cama. en mi lado de la cama, de hecho.
pero el tono no acompañaba la idea, no era exactamente un reproche ni rechazo al hecho.
—así que no tienes que preocuparte porque yo e’té molesto. porque no lo estoy. —dijo esto sin detenerse demasiado en el por qué, sin admitir la razón que lo mordía por dentro.
deslizó las piernas fuera de la cama, estirando los músculos adormecidos. quedándose así un momento, sentado, con el borde del colchón hundiéndose bajo su peso.
—voy a poner la cafetera. —murmuró, arrastrando un poco la “t” propio de su acento.
se levantó con lentitud, sin brusquedad, dándole tiempo a Arthur para reaccionar. la cerámica fría recibió sus pasos deslazos hacia la cocina, ya que sus pantuflas habrían quedado hacia el lado del contrario. nada fancy, un regalo de su hija… con forma de conejo.