Con el paciente discurrir de las estaciones vine a sospechar que el tiempo no erige grandezas; apenas conserva el privilegio de contemplar aquellas que rehúsan inclinarse ante él. De ahí que concediera mayor estima al silencio que a la voz, pues las cumbres no disputan con el valle la verdad de su altura, ni el océano persuade a nadie de su hondura. Muchos juzgan que el tiempo sepulta cuanto toca; no he hallado prueba suficiente para concederle semejante mérito. He visto memorias sobrevivir al mármol y juramentos perdurar allí donde ni el fuego reclamó victoria. Acaso por ello observé que el fuego rara vez distingue entre lo digno y lo indigno; consume con igual celo, aunque solo las cenizas deciden qué merece perdurar. Desde entonces aprendí a desconfiar de las virtudes que jamás conocieron sombra y de las sombras incapaces de recordar la luz que las engendró, pues ninguna claridad permanece incontaminada, como tampoco existe noche tan cerrada que renuncie por entero al rescoldo del alba. Hay quienes se empeñan en trazar lindes entre la razón y el desvarío; yo jamás hallé más que un umbral tan sutil que ambos parecen saludarse antes de seguir sendas distintas. Hay noches en que el juicio me parece una lámpara demasiado frágil para atravesar la niebla, y otras en que el desvarío posee una lucidez que pocos se atreven a nombrar. Quizá el verdadero yerro nunca haya sido perderse, sino persuadirse de haber comprendido el mundo cuando aún quedan silencios que ningún lenguaje ha logrado profanar y misterios cuyo mayor privilegio consiste, precisamente, en no merecer explicación.
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