easionme

Los ojos de Renzo, desde pequeños, no miraban de una manera convencional: ocurrían. Para Shiki, desde pequeño, cuando aún salían en patineta en veranos con sus familias, sus ojos eran un enigma del cielo, como estrellas, no brillaban para impresionar, brillan porque están ahí. Para él, o para cualquiera.
          
          Ahora, crecidos, Shiki se acostumbró a los silencios y espacios de Renzo, y los llenaba observándolo, con cercanía suficiente para que Ren lo notara, pero distancia suficiente de manera involuntaria, sabiendo la comodidad del contrario. Observa sus pupilas nunca quietas, pupilas que siempre observan algo nuevo, o buscan cosas que solo él mismo puede ver. Renzo, a diferencia de Shiki, sentía después de analizar.
          
          Después de un rato en el lago, Shiki lo miró de frente. Con calma y distancia, manteniendo la mirada sin huir como muchos hacían al ver a Renzo fijamente. Shiki aprendió a invadirlo hasta conseguir una pequeña mueca que se asemeje a una sonrisa, y de alguna manera siempre la conseguía.
          
          ㅤ───No sé si alguna vez te lo he dicho, pero... siempre disfruté más pasar tiempo contigo que con Ibbie. ───Era un susurro, algo que apenas y se escuchaba entre los insectos, y sonrió, algo genuino ante la seriedad ajena.
          
          Shiki se preguntaba cuántas veces a lo largo de su infancia ha decidido quedarse a su lado sin que se lo pidiera. Había belleza en ello, en que mutuamente nunca se dejaran solos a pesar de ser totalmente opuestos, como amanecer y atardecer, que no se encuentran del todo pero que se ven a la distancia.
          
          Después de confesiones, Shiki nunca espera respuesta, así que regresó a su lado, suspirando, pero con Renzo le bastaba con ver sus ojos, ver ese brillo mínimo que temblaba antes de que la luz se fuera.
          
          Aún sin decir nada, sin analizar, ambos se quedan juntos, sin soltarse desde que tienen memoria.