Dejó que aquella calidez se deslizara por su cuerpo con una lentitud casi hipnótica, expandiéndose bajo su piel como una marea tibia que no quemaba, sino que abrazaba con una suavidad reconfortante, como un fuego dócil que se limitaba a existir para envolver, para sostener. Permaneció allí, en esa cercanía suspendida, aguardando con una paciencia serena la respuesta ajena. Nunca se había considerado impaciente; por el contrario, la calma siempre había sido su aliada… aunque, en ocasiones, también su condena.
El tiempo transcurrió sin prisa, como hojas que caen en invierno, ligeras, inevitables. Tal vez era el frío del suelo lo que la mantenía aún despierta, anclada a ese instante; de no ser así, probablemente el sueño ya la habría reclamado allí mismo, recostada sobre Andrew, rendida ante la comodidad de su presencia. Porque, aunque él no lo percibiera del todo, había algo en su cercanía que la envolvía de manera casi inconsciente, como si su sola existencia irradiara un calor silencioso.
Sus brazos se deslizaron con pereza, desprendiéndose de aquel abrazo tenue para caer a los costados del rubio, lánguidos, sin prisa. Pasaron apenas unos minutos antes de que sus manos volvieran a elevarse, posándose con suavidad sobre sus hombros. Sus dedos ejercieron una leve presión, moviéndose con cuidado en un masaje breve, casi distraído, como si fuera más un gesto instintivo que una intención deliberada.
—Mhm…
El sonido escapó de sus labios en forma de un leve tarareo, una respuesta difusa ante lo que él hubiese dicho. No era la primera vez que lo encontraba así, atrapado en aquellas horas donde la noche ya pesaba sobre todo y, aun así, él permanecía allí, como si la pantalla absorbiera cada fragmento de su atención… de su energía. Y, en el fondo, sabía que tampoco sería la última.