Tengo miedo.
La primera vez que sentí ese miedo fue de mirarte incluso de hablarte; la segunda vez fue de aceptarte no quería que fueras parte de mi existencia, pobre y temerosa. Pero lo hice, momentos felices, de amor, de rabia y de tristeza pasamos juntos y ahora cuento las horas… los días, las semanas… los meses y sigues sin salir de este claro y frio lugar, pues de lo único que no nos protegemos ninguno de los seres humanos es de pensar que quizás, la vida tiene otro plan; así que te vía desfallecer poco a poco, tal y como el atardecer va perdiendo su color y se torna oscuro. La tercera vez que sentí miedo, me dijeron que no podía volver a entrar a tu habitación, que estabas apunto de conocer eso que todos llaman “paraíso” y que debían dejarlos hacer todo lo que estaba en sus manos, pero incluso ahí aunque lagrimas caían por mis mejillas no me derrumbe todavía me quedaban esperanzas. Pero, la última vez que sentí toda clase de miedo, de la manera más fuerte y horripilante, fue cuando me dejaron entrar a tu habitación y lo último que me dijiste fue “vuelve a amar”, y sentí como tu agarre se hacía más débil y la luz se iba de tus ojos. Ahí sentí como la vida se iba de mi cuerpo, como era tan corta que se iba en un instante, débil, sin vuelta atrás.