Ahora solo estaba él. Solo él. Y quizás aquello era precisamente lo que deseaba, no existirían voces suficientemente firmes para desafiarlo, no quedarían manos capaces de arrancarle la corona, no habría voluntades que pesaran más que la suya, o si quiera alguien que se vuelva revelar en su contra. Y acaso, en algún rincón oculto de su pecho, aquella ausencia era lo que verdaderamente anhelaba. La ausencia que llenaba con ese dulce sabor de la sumisión, la obediencia, la tranquilidad enfermiza que nace cuando nadie puede contrariarte. Porque quizas las discusiones erosionan y las voluntades ajenas se convierten en piedras incómodas para quien pretende avanzar sin detenerse pero ahora ya no tendría que preocuparse por ellas.
A diferencia de su antiguo precursor, él no gobernaría absteniéndose de actuar ni refugiándose tras la apariencia de un héroe. No cargaría con virtudes ajenas. No fingiría una nobleza que nunca reclamó para sí. No sacrificaría sus deseos para satisfacer expectativas que jamás le importaron, no… él gobernaría como le placiera y si alguien era amable con él, recibiría la misma cortesía, si alguien demostraba lealtad, hallaría consideración, si alguien decidía seguirlo, podría continuar su camino sin mayores dificultades. Pero si no... bueno, las alternativas seguían siendo simples. Podían morir o podían arrastrarse, podían inclinar la cabeza, podían construir súplicas con embustes, adornarlas con promesas vacías y depositarlas a sus pies esperando despertar algo semejante a la compasión.