Mientras avanzaba con pasos menudos por el lugar, el aroma a caramelo derretido se infiltró sin permiso en sus fosas nasales, denso y provocador, como una promesa suspendida en el aire. ¿Cómo distinguirlo entre tantos estímulos? No necesitaba hacerlo: lo sentía, lo reconocía con una certeza casi instintiva. Aquel dulzor no solo se olía, se intuía. Y entonces pensó—¿por qué no actuar también él? Quizá fuese una forma de obtener algo del otro… o, como le gustaba llamarlo con descaro velado, de “chantajearlo” a su favor.
Llevó una mano a la espalda, ocultándola con una naturalidad ensayada, y comenzó a aproximarse al adverso con pasos suaves, calculados, dibujando en sus labios una sonrisa leve, casi traviesa. ptooolemy…~ /susurró, dejando que su voz se deslizara como seda tibia mientras se inclinaba hacia él. su mano libre descendió con deliberada lentitud hasta posarse sobre lo que parecía ser la cadera ajena, un gesto que no pedía permiso, solo atención. he visto muchas cosas dulces… /continuó, con un brillo ladino en la mirada. así que… ¿por qué no traerte algo a ti? /el silencio que siguió fue tan espeso como el caramelo mismo, cargado de intención y de una cercanía que decía mucho más de lo que las palabras se atrevían a pronunciar.