El jueves murió mi tío y con él una parte enorme de mi infancia. Cuando lo pienso, me transporta directo a la casa de la abuela de mis primos, donde veíamos todos juntos Los Peques; o al complejo donde trabajaba mientras yo me sentaba a escuchar Don Omar en mi mp3; o a su habitación, en la que jugaba, dormía, veía la tele o solo escapaba de tanto bullicio familiar.
Lo imagino sentado en la cocina, en la silla que nadie usaba más que él, escuchando folclore y hablando a los gritos con mi mamá. En la punta de la mesa, tomando vino y diciendo estupideces para hacernos reír. En el banco del patio en pleno verano, tirándonos agua helada con la manguera. En alguna fiesta, rompiendo una silla o armando un espectáculo (que siempre daba risa).
Quedaron tantas cosas pendientes: el asado que me prometió, la invitación a sentarnos a charlar los dos solos, el vino que nunca pude tomarme con él. Todavía guardo las raíces de cúrcuma que me dio porque no sabía en qué usarlas, y ahora no podré contarle en qué las usé.
Espero que donde sea que estés, ya no cargues con más dolor, y que no estés solito tan lejos de tu casa. Y también espero que te fueras sabiendo cuánto te hiciste querer por todos.
Gracias por tanto, tío. Hasta siempre.