Gélido intenso. El tipo de viento frívolo que sacude los huesos e incita al cuerpo a buscar aquella calidez que mantiene su mente y corazón intactos, acurrucado, añorante. Falanges que toman el control cuando los dobla alrededor de la tela mientras oye los constantes latidos que incluso hacen doler su pecho, siente esa sensación adormecida debajo de sus piernas, extendiéndose en cuestión de minutos alrededor de sus brazos y culmina sobre la sensibilidad de su vientre. Cómo un tornado. Impetuoso. Lleno de una intensidad que pronto arrasa cualquier superficie que sin más, se destruía en pedazos hasta quedar en ruinas, dejarlo con la inquietud arremolinada dentro su sistema, carcomiendo poco a poco cada rastro de su sola existencia.
Ella. El pronombre resulta tosco entre aquellos belfos que solo saben pronunciar delicadas palabras pulcras, ahora, solo suena diferente, exasperante, posesivo, donde existe el recelo cuando el aroma de un individuo no invitado, subyace entre las paredes delgadas de aquel hogar donde alguna vez, caninos paseaban y dormían alrededor de una fogata que brindaba calor.
────me alejaste de todo ────musitó. El simple recuerdo solo incita a que las palabras salgan de sus labios, un reproche, una pregunta que sabe cómo terminaría dicha o cual fue el motivo a la soledad plena, que dependiera de la palma de Hannibal, que su vida girase alrededor del caníbal────. ¿Por qué gastaste en pensar en ella cuando lograste tu cometido? ────Alzó la vista, allí, admiró el avellana casi enrojecido de aquellos orbes que sin necesidad de pronunciar palabra alguna, decían todo────, no la mataste, pero lograste alejarla de mí. Quitarme un familia. Mi familia, Hannibal.
Guarda su aliento, atrapado entre sus pulmones. El solo roce de aquel filo frívolo en medio de la tela, resulta delirante, ese tipo de contacto que lo estremece de pies a cabeza y opta por cerrar sus ojos mientras su cabeza se inclina hacia un costado.