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Eran escasos los momentos en los que realmente existía calma entre ellos. Una calma auténtica.
          
          De esa que no se siente frágil ni temporal, sino suave y silenciosa, como la tibieza de una tarde que parece negarse a terminar. No era que a Zen le desagradaran el caos o el ruido constante que solía rodearlos —de hecho, estaba demasiado acostumbrado a ello—, pero siempre había preferido la comodidad aislada de su propio dominio para realizar cosas tan triviales como aquella.
          
          Porque allí, entre paredes conocidas y silencios familiares, todo parecía más sencillo de soportar.
          
          Más controlable. Y aun así, ahí estaba ahora.
          
          Sentado cerca de Reprieve con una tranquilidad extrañamente doméstica envolviendo el ambiente, mientras sus manos se movían despacio sobre aquellas alas plumosas extendidas frente a él.

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Las alas de Reprieve eran grandes, elegantes de una forma difícil de ignorar, pero también revelaban pequeños signos de descuido que solo alguien observando con atención podría notar. Algunas plumas estaban ligeramente desordenadas, otras parecían tensas en ciertas zonas donde probablemente se habían formado pequeños nudos imposibles de ignorar una vez descubiertos.
            
            Zen suspiró apenas. No con molestia, más bien con preocupación.
            
            —Mhm… no creía que las tuvieras tan descuidadas…
            
            El comentario salió tranquilo, suave, acompañado por el lento movimiento de sus manos acomodando con cuidado algunas plumas fuera de lugar. No había burla en su voz ni mala intención escondida detrás de las palabras. Solo honestidad.
            
            Y quizás un poquito de preocupación genuina.
            
            Porque aunque Zen no siempre supiera demostrar las cosas de la manera más convencional, sí prestaba atención. Mucha más de la que normalmente admitía.
            
            Sus dedos se detuvieron un instante al encontrar una zona ligeramente más enredada entre las plumas inferiores. El movimiento se volvió aún más delicado mientras intentaba desenredarlas sin tirar demasiado fuerte.
            
            —Si duele o algo… podrías decirme —murmuró suavemente.
            
            Su mirada permanecía fija en lo que hacía, concentrada.
            
            —Quizás tengan algunos nudos… y eso.
            
            La frase final salió más baja, casi distraída, como si intentara restarle importancia al cuidado con el que estaba tratando las alas ajenas. Pero sus acciones lo delataban completamente.
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Todavía le resultaba un poco sorprendente: ¿Cómo había conseguido que Reprieve aceptara algo así?
            
            No estaba seguro.
            
            Quizás había sido producto de su insistencia constante, de esa costumbre suya de quedarse demasiado tiempo alrededor de alguien hasta que eventualmente terminaban cediendo a su presencia. O quizás simplemente ocurrió de forma repentina, natural, sin que ninguno de los dos se diera realmente cuenta del momento exacto en que aquello dejó de sentirse extraño.
            
            Fuera cual fuera la razón… Zen no iba a cuestionarlo demasiado.
            
            Sus dedos continuaron deslizándose cuidadosamente entre las plumas, separándolas con lentitud mientras inspeccionaba el estado de las alas ajenas. El tacto era suave. Mucho más de lo que esperaba. Las plumas cedían delicadamente bajo sus manos, ligeras, tibias, moviéndose apenas cada vez que el aire cruzaba entre ellas.
            
            Había algo casi hipnótico en aquello. Algo silenciosamente hermoso.
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