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A la medianoche la muerte toma el violín y con su melodía los esqueletos abandonan sus tumbas, sus movimientos frenéticos marcan el compás de la macabra música, bailando hasta el cantar de los gallos. Hasta el amanecer.
Tres de la mañana.
Una melodía prohibida por la fe de la iglesia, catalogada de repugnante por quien sufra la desdicha de oírla. Cualquier corazón sensible estaría al borde del colapso. Aquella desafinada cuerda más aguda e inocente sea el origen de escuchar a la voz del diablo en ella. Una conversación con la muerte sea atrapada en tan melancólico instrumento.
La hora muerta recae sobre la ciudad, la noche atrapada en las cuatro cuarenta y cuatro de la madrugada. Una fiesta sigue en pie. El enorme edificio se alzaba vigoroso, casi un rascacielos que pretendía alcanzar al reino de los cielos y condenarse a que la humanidad vuelva a ser separada por la barrera de los idiomas. Tan codiciosa torre de babel. Sus pasillos siendo abandonados por esa noche, sólo poseídos por los jóvenes soldados seguidores de órdenes, guardias que resguardaban la seguridad de un edificio de una estructura de múltiples pisos, uno tras otro, cegados en la oscuridad y soledad de las pulidas paredes de sólido concreto. La fragancia a metal siempre fue asfixiante. Pero ellos cumplían su misión, nada más que los negocios sucios y a quien aguardaba en el piso más alto del prominente recinto.
Aunque, los guardias no se encontraban demasiado solos.
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Dejó suspendido ese comentario en el aire, consumido por la medicinal fragancia de flores chocolatadas. Por supuesto, la infinidad de los rumores de la muerte, desaparición o enfermedad del líder de la bratva atraería a cualquier atacante para tomar las pertenencias abandonadas al no haber rival que se compare, sería una tontería dejar el pase libre a cualquiera que tuviese la osadía de cometer tal hazaña, de nada serviría dejar guardias tirados en su fortaleza como si alguien más ya hubiese reclamado el trono. ¿Cierto?
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—Tú sabes que yo no sería capaz de hacer todo ese horrible… —sus palabras se trabaron. Tan inocente criatura no puede ser la culpable del rojo derramado en cada piso de esa torre. Aquel vestigio de inocencia permanece en esas varias curitas, colocadas en forma de parche y de redondos erizos que estaba pegado por el lateral de su cuello, que se disimulaba de lejos bajo los mechones rubios. Un rostro límpido, ausente de impurezas no puede ser el causante de nada. Aunque, qué tropezón debe haberse dado para tener un raspón tan grande. —Aunque ellos hicieran cosas peores —sus labios apenas lograron suspirar un murmullo—. Solo tienes que decirme: «Alistair, no te voy a lastimar». Podría creerte si me compartes un poco de ese chocolate…
Alistair se atrevió a soltar una de las manos de Damián. Entonces su cuerpo se presionó más y bajó su mirada, casi cansado de verlo tanto rato hacia arriba. Sin embargo, su zurda libre no se quedó quieta, jugaba ahora con las solapas de la ropa, con los adornos, con los bolsillos, así sea solo deslizándose ligeramente por él.
—Podríamos compartirlo con los demás, Algodón, Risas, Larry, Rocky, Bolinda, Quesi… —continuó hablando sin alzar la mirada, nombrando algunas de esas piedritas con caritas y accesorios con las que jugaba. Sus sonaba suave, igual a las pelusitas de su ropa, al parecer demasiado relajado con la música de aquellos latidos—. Si fuera quien está al mando aquí, no sería tan tonto para eliminar a mi propia seguridad.
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Sus manos se enredaron en los antebrazos ajenos, no dudaron en ningún momento al deslizarse por esas finas telas que envolvían al otro hombre, nunca titubearon cuando sus manos atraparon las muñecas contrarios, cuando su diestra se enlazó con la de Damián. La sortija que este conservaba en su propio anular estaba en ella, quizá otra sortija apresaba a Lacrontte también, pero ahora esos mundanos objetos no importaban cuando sus manos estaban juntas, compartiendo el calor humano. Pero no era suficiente, nunca sería suficiente. Su cuerpo se apegó al de él, empujando entre sus pasos inquietos hasta lograr apresarlo contra la pesada puerta que los encerraba, sus pies metidos en medio de los zapatos lustrosos. La diferencia de altura era más notoria, su pecho apenas lograba chocar con la boca del estómago de Lacrontte, pero su rostro descansaba perfecto en el pecho cubierto por esos trajes decorados por adornos carísimos, unos dónde sus hilos dorados podrían quedar como invaluable recuerdo, si es que antes no lo hicieron sin darse cuenta. Ni las cajitas de música eran tan relajantes como los latidos que ahora escuchaba en primera fila, su propio corazón era incitado a coordinarse con ellos en cuanto abrazaron su sistema. Respiró hondo, esa fragancia a chocolate le traía tan bellas sensaciones, recuerdos que no lograba ver. Ese cacao puro que podría envidiar, que podría reprochar, que podría apostar que alguna de esas golosinas debe estar escondida en él.
Alzó el rostro, intentando verlo todavía desde esa baja posición.
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