Desearía poder odiarlo como el resto de los ciudadanos. Desearía sentirse satisfecho por su caída, alegrarse de que ya no estuviera con vida, de que no existiera alguien más maquinando estrategias para alcanzar lo que deseaba. El odio simplificaría todo. Sería una emoción clara, directa, que le otorgaría una falsa paz a su alma. Si lograra odiarlo, no tendría que enfrentarse a esta conversación ahora que estaba nuevamente con vida.
Incluso ... si simplemente le fuese indiferente, todo sería más sencillo. No cargaría con la angustia de preguntarse qué fue de él, qué lo transformó, qué los quebró.
Pero eso no sucedía. Nunca sucedió.
Una tenue sonrisa descendió tras la hoja de papel. Saber que el azabache admitía que él no había cambiado encendió una chispa tibia en su interior; algo frágil, casi imperceptible, que habría pasado desapercibido de no ser por el frío que había envuelto su corazón durante los últimos meses. No debería sentirse reconfortado por algo tan mínimo. Y, sin embargo, allí estaba, aferrándose a esa pequeña confirmación como a un hilo de esperanza, convencido de que aún quedaba algo de su amigo en el hombre que tenía enfrente, que seguía con él, que nunca se había ido por completo.
──ㅤ Y no lo haré, no hay manera en la que pueda cambiar ㅤ──
No podía convertirse en alguien distinto. No frente a Fluixon.
Incluso durante aquel combate que los enfrentó, lo único que vio frente a sí fue a su amigo, a su compañero de siempre. Eso no podía alterarse, ni siquiera obligándose a intentarlo. Ni la traición que recibió logró arrancarle ese sentimiento.
Aunque intuía que no ocurría lo mismo del otro lado.
El azabache parecía cargar un rencor persistente, una amargura que no mostraba señales de disiparse, un brillo rencoroso en sus orbes amatistas.