Llámame egoísta, nómbrame egocéntrica, arrójame los defectos más viles que pueda cargar el corazón humano; nada importa ya, porque sólo yo y la Luna conocemos la hondura con la que te amé y el cansancio infinito que me llevó a rendirme.
Estoy en un colapso donde la pérdida se ha vuelto costumbre, donde ya no me inquieta quién se queda ni quién se marcha. Soy flor marchita que, gota a gota, se desangra en silencio; en la penumbra de su propia amargura, suelta los pétalos y, aun agonizando, agradece al viento por aquel instante en que fue jardín, por aquella paz efímera que un día la sostuvo