Miro el cielo y mi mente se inunda de preguntas, demasiadas a la vez. Es una máquina inquieta, que revolotea entre recuerdos, pensamientos y razonamientos sin sentido, o quizás una mezcla indescifrable de todo.
Es inquietante, porque parece que nunca se detiene.
En cualquier caso, al mirar el cielo recuerdo con melancolía el pasado: algo que fue y no volverá a ser. Es inevitable sentirse nostálgico ante ello, porque, por más que se intente, nunca regresa; se queda atrás. Pasan los minutos, las horas, los días, los meses, los años… hasta quedar en la memoria como un recuerdo del olvido.
Las personas que fueron en el pasado quizás ya no sean las mismas en el presente. Tal vez las risas de antes hoy sean gritos, y lo que alguna vez fue hermoso en la mañana se oscurezca en la tarde del ahora.
¿Tiene sentido?
No lo sé, pero últimamente medito en que nada tiene sentido por completo. La mayoría de las cosas parecen en vano; se quedan irremediablemente cortas ante un mundo tan cambiante.
Sin embargo, he llegado a una conclusión —aunque aún no la he logrado integrar por completo—: cada instante, cada persona y cada momento deben disfrutarse, porque nunca vuelven. Si Dios nos dio esta vida, es para vivir tanto lo bueno como lo doloroso, y también los procesos que nos ayudarán en el futuro.
Y así como las larvas se transforman, al final, en mariposas, nosotros también estamos en constante cambio.