Su presencia había captado su atención mucho antes de que siquiera pusiera un pie en aquel lugar. Había algo en ella... Era tan inquietantemente parecida a la mujer a la que, alguna vez, juró amar con un fervor inquebrantable. Aquel amor que parecía eterno terminó sepultado por sus propias inseguridades y el miedo constante a no ser suficiente, conduciéndolo a un accidente tan fatídico como irreversible.
Y, aun así, continuaba viviendo.
Cargando la culpa como una sombra inseparable, seguía despertando cada mañana como si nada hubiese ocurrido. Continuaba pintando. Continuaba retratando rostros. Y, de una u otra forma, seguía viéndola a ella sin importar hacia dónde dirigiera la mirada.
Con pasos pausados comenzó a acercarse a aquella mujer. La curiosidad despertaba en su interior con una intensidad casi desesperada, como si el mismo cielo hubiese decidido devolverle, por un instante, a la esposa que había matado.
Cuando llegó hasta la barra, donde la joven disfrutaba tranquilamente de un par de copas, tomó una ligera bocanada de aire antes de hablar. Su voz sonó serena, aunque por dentro una emoción indescriptible amenazaba con desbordarlo. No eran nervios. No exactamente. Era algo mucho más profundo, un sentimiento para el que ni siquiera encontraba palabras.
ㅤ──Hace una noche muy hermosa, ¿no le parece, señorita?