Qué buena profesión la del bufón: eras el único capaz de burlarte del propio rey de tu lugar de nacimiento y de decirle sus verdades disfrazadas de chistes sin que nadie te matase, simplemente porque eras considerado 'tonto', y muchos incluso acababan siendo los consejeros más íntimos de los altos mandos. Al final, resultaban ser los más inteligentes de todos.