Estoy harta…
Harta de todo y de todos.
De la vida que se burla con su estúpida frase motivacional: "esfuérzate por lo que quieres". Ah, sí, claro. Fácil decirlo cuando naciste con la belleza aprobada por Instagram y un apellido con saldo. Pero para las que nacimos con cero privilegios y más inseguridades que pestañas, esa frase no es inspiración, es tortura.
¿Dinero? Hay que ganárselo. ¿Belleza? Hay que sufrirla. ¿Autoestima? Hay que construirla desde las ruinas, mientras escuchas comentarios sobre tu cuerpo que no pediste. Comentarios que vienen de personas que te quieren, que no lo dicen “con maldad”, pero igual duelen. Como si ser gorda fuera pecado. Como si merecieras menos por no entrar en una talla S. Como si tu valor dependiera de cómo te queda un maldito vestido.
Y sí, me da vergüenza mi cuerpo. Me siento una extraña dentro de mi propia piel. Me pruebo ropa y quiero llorar. No por superficialidad, sino por cansancio. Por odio acumulado. Por años escuchando que no estoy bien así como soy.
Y por si fuera poco, ahí está el primer amor. Ese poema inacabado que sólo rimaba en mi cabeza. Una historia que nunca se completó, porque, al final, que al final nunca existió.
Y aquí estoy: gorda, rota, sin carrera, sin ganas. Haciendo tareas domésticas como si fuera el final alternativo de una historia donde yo ni siquiera fui protagonista. Atrapada entre lo que fui, lo que quise ser y lo que no sé si todavía puedo alcanzar.
Malditos los estereotipos, malditas las miradas que pesan, malditos los amores que no fueron, la conformidad que asfixia y esta puta procrastinación que me ata al sillón mientras todo avanza menos yo.