De las cosas que he escrito, hay muchas que borro con la sensación de cringe más grande de la vida. Sin embargo, al volver a navegar por las historias escritas en mi adolecencia, encuentro que el sufrimiento plasmado en ellas es real, genuino, y nada cringe. Eso me pone feliz en cierta forma, porque encontré mi vía de escape en la escritura también en tiempos difíciles.