Francis Dolarhyde descendió entre sus alas rojas, volando directo al infierno donde Hannibal Lecter aseguraba también un lugar; resguardado, en espera de un final que aún no llegaría, de un destino que concluía destructivo y vil, ardiendo en llamas. .
. pero no solitario, no mientras Will Graham siguiera con vida, él con quien sería capaz de quemarse sin siquiera pensar en quejarse.
Ambos eran, una vez más, evidencia de lo que podían hacer juntos, envueltos en una manta oscura, con el carmesí de la sangre cambiando de tonalidad bajo la luna a causa de las heridas, anestesiadas por el más efectivo de los calmantes: la adrenalina. Sin dolor, sin molestias; todo lo contrario, un estremecimiento grato cuando sus cuerpos se refugiaron el uno en el otro. Will le permitió, una vez más, una cercanía aún más íntima, como respuesta a un verdadero renacimiento.
Sin palabras de por medio, solo ellos existiendo a causa de la euforia, de la sangre en un ardiente éxtasis que los unía tanto como sus cuerpos. Su nariz buscó su aroma, ese que, bajo inhibidores, había construido un muro imposible de atravesar; pero ahora, entre sensaciones desbordadas, se expuso. Logró inhalarlo, olerlo por fin con naturalidad, deseando llenar sus pulmones con aquel olor delicioso, el más sublime que sus fosas nasales hubieran recorrido jamás.