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Las instalaciones eran lo suficientemente grandes para que la felina se sintiera cómoda. Había incontables rincones donde esconderse, vigas desde las que observar sin ser vista y caminos elevados que le permitían conservar esa sensación de ventaja sobre cualquiera que se cruzara en su camino. Prefería analizar a los demás antes de dejar que la analizaran a ella. Sin embargo, aquel día no tenía motivos para trepar ni ganas de hacerlo. Se conformó con recorrer los pasillos a paso lento, la cola balanceándose de un lado a otro con pereza mientras mantenía la vista fija al frente, parpadeando despacio de vez en cuando.
Su atención vagaba más de lo habitual. No estaba distraída por completo, pero sí lo suficiente como para bajar la guardia unos segundos. Al doblar una esquina terminó chocando con alguien. El impacto fue apenas un roce gracias a la lentitud con la que caminaba, algo que, en otras circunstancias, habría ignorado sin darle mayor importancia. Pero aquella no era cualquier circunstancia.
En cuanto levantó la cabeza y se dio cuenta de que debía alzar la vista más de lo esperado para encontrarse con el rostro ajeno, todo su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus orejas se pegaron hacia atrás, las pupilas se estrecharon hasta convertirse en finas rendijas y el pelaje de su cola se erizó apenas. Apenas sus miradas se cruzaron, un siseo largo y profundo escapó de entre sus dientes, rompiendo el silencio del pasillo con una advertencia imposible de malinterpretar.
Malleus Draconia.
Había muchas personas con las que preferiría cruzarse antes que con él. Cualquiera, en realidad. La sola presencia del fae despertaba un instinto de alerta que no conseguía controlar. Era demasiado grande, demasiado imponente... demasiado parecido a un depredador al que no le convenía desafiar.