CERRO DE ARENA
Nos quedamos mirando el cerro de arena. Él estaba recostado al auto y yo un poco más lejos. Sobre la montaña, dos paracaídas flotaban en el aire: uno naranja y uno negro. Volaban separados, pero en la misma altura, como dos almas que se conocían pero aún no se encontraban. Y en ese instante, él me abrazó con una fuerza que traspasaba todo.
Era un abrazo que no quería soltar, como si el mundo desapareciera a nuestro alrededor. Una fuerza magnética me retenía en sus brazos, como si pudiera descansar allí todo el día, mientras el viento nos abrazaba también. Cerré los ojos y, entre lágrimas, sin pensarlo, comencé a pedirle a Dios:
—Por favor guíalo, no lo dejes solo.
Lo repetí unas 6 veces tal vez en mi cabeza.
Sonaba como si estuviera rendida ante él, llorando sin cesar, por que no se que me hacía pensar que el estaba allí, mirándonos desde arriba.
Sentí algo más grande que nosotros, algo que me sostenía y me conectaba con todo lo que éramos, con todo lo que sentía desde que nos conocimos, como si nuevamente lo hubiera reconocido. ❤️