en mi preadolescencia tuve una muy fuerte inseguridad respecto al bello en mis piernas y brazos. Los odiaba. Odiaba ver aquellos pelos, gruesos y oscuros, largos y crispados, emerger desde mi piel. Comencé a rasurarme. Todos los días, aprovechando los usuales veinte minutos que yo siempre me tomaba en la ducha. Obvio, todo fue a escondidas de mis padres, especialmente mi madre; sabía yo lo poco que ella aprobaba que yo use la maquinita de afeitar, cual sea la parte de mi cuerpo.
entonces comenzó la picazón. Poco sabía yo de los muchos cuidados que la piel requiere luego de recibir tal... erosión, por decirlo de cierta forma. Me rascaba incansablemente, mis no largas pero filosas uñas arrancando poco a poco mi ya sensible piel. Progresivamente, terminé con las piernas y brazos completamente pelados, a carne viva. Pero eso poco me importaba a mí, yo seguí pasándome la maquinita, todos los días, sin excepción alguna. No me importaba si eso solo empeoraba las cosas, si el filo de la navaja irritaba mi maltratada piel y abría las húmedas cascaritas que poco tenían de haber empezado a formarse; no me importaba lo mucho que me dolía, yo solo quería esos pelos completamente afuera. Bien sabía yo, también, el poco sentido que eso tenía, pues al siguiente día los pelos volverían a estar ahí; crecían sumamente rápido.
muchas fueron las noches en las que no pude dormir bien, me ardían brazos y piernas, no había un solo retazo de piel mío que esté lastimado, rasguñado. Mis papás no tardaron en darse cuenta. Lo que sigue después es algo engorroso, pero se resume en que yo empecé un tratamiento con la dermatóloga y dejé de rasurarme.
mucho me costó poder aceptar esa parte de mi cuerpo, pero al final lo logré. Me di cuenta que son naturales, todo el mundo los tiene y no debería avergonzarme por algo que es natural. Me costó mucho, pero los acepté, me acepté.