El agua tibia seguía ahí, pesada, insistente, como si quisiera recordarle que tenía un cuerpo aunque ella viviera olvidándolo. Lyrica no retiró las manos. Tampoco apretó más. Se limitó a sostener, con esa presión exacta que no hiere pero tampoco permite escapar; un gesto que no nació del deseo, sino de la memoria muda del cuerpo.
Sino porque había algo obscenamente real en la forma en que su piel respondía al contacto, en cómo el pulso bajo sus dedos no mentía. La clavícula ajena capturó su atención como un ancla: hueso, sombra, la curva precisa donde la carne se rendía a la gravedad. Ahí podía mirar sin sentirse devorada por esos ojos.
Sus dedos se movieron apenas. Un roce involuntario, todo esto era demasiado real. Tragó saliva.
──── …no sé ──── La palabra salió baja, casi perdida entre el agua.
El cuerpo sabía cuánto. Siempre lo había sabido, hasta dónde llegar sin cruzar el límite. La piel ajena cedió bajo sus manos, y una punzada incómoda le recorrió el estómago. Las mejillas seguían rojas, traicioneras. Desvió un poco más el rostro, molesta consigo misma.
Entonces se acercó un poco más.No fue un movimiento decidido, sino uno natural, guiado por la forma en que el agua desplazaba sus cuerpos hacia el centro. El vapor borraba los bordes del mundo; la piel brillaba bajo la humedad, y la cercanía hacía que el calor ajeno se sintiera como una segunda respiración. Cuando inhaló, el aire que exhalaba él chocó con el suyo, mezclándose, tibio, lento. Lyrica se detuvo ahí, suspendida en ese espacio mínimo entre ambos.
Sus dedos se deslizaron apenas, un gesto torpe, casi tímido, como si tocarlo de ese modo fuera más íntimo que cualquier otra cosa que ya estuviera ocurriendo.Su respiración se volvió un poco más lenta.
────…dime algo ──── murmuró al fin arrastrada por el vapor, rozándole los labios sin llegar a tocarlos. Sus frentes casi se encontraron, casi.
──── ¿cuál es tu nombre? ────