Por aquel entonces, el verano de 1773, yo era una joven romántica de veintitrés años. Me había casado hacía tiempo con tu elegante padre, que pertenecía a una familia inglesa muy rica llegada a las colonias americanas cuando él apenas contaba diez años. Tus abuelos paternos, unos comerciantes textiles, apostaron por el algodón, a pesar de no ser un negocio que diera dinero en aquella época. Se establecieron en Richmond a la espera de conseguir un terreno donde recolectar esa planta y, más tarde, comercializarla. Según me contó tu padre, el dinero que les permitió viajar a estas colonias lo obtuvieron de una herencia de unos tíos. A pesar de estar en una tierra que les era desconocida y de que no compartían muchas de sus costumbres, pronto se acomodaron y consiguieron hacer grandes amigos entre sus nuevos vecinos, ya que, tanto su padre como su madre, eran personas excelentes. Cuando llegaron a América se encontraron con que los colonos mercadeaban con africanos, pues los querían como esclavos para sus plantaciones de tabaco y de otros cultivos como el del té. ¡Incluso los propios esclavos eran intercambiados por otras mercancías! Tanto tus abuelos paternos como tu padre, a diferencia de lo que era normal en toda la colonia de Virginia, rechazaban tenerlos para que trabajaran en sus plantaciones sin pagarles algo. Querían pagarles por el trabajo realizado, ya que era de justicia hacerlo así. Además, así tendrían dinero por si el futuro se volviese en contra de los propios trabajadores. Por ello y, a diferencia de los demás mercaderes, jamás les trataron como esclavos. No obstante, les aconsejaron que huyeran al norte para evitar caer en las manos de los comerciantes que se enriquecían tratándoles como baratijas. Con el dinero que les había dado tu abuelo y tu padre, Sophie, se podían permitir viajar hacia las colonias septentrionales, en busca de un trabajo donde se tratara con más humanidad a los trabajadores. Unas condiciones de trabajo que jamás conocerían sus amigos que trabajaban en otras plantaciones, como las de tabaco o té, en estas colonias del Sur.
Su padre pronto me acogió como una más en la familia, ya que creía en mi bondad y en mi culta formación. Su madre fue la que más tiempo estaba a mi lado, hablándome de los primeros años de tu padre, cuando ya nos habíamos comprometido. Nos unía un gran respeto hacia las personas.
Como te decía: aquel año de 1773 volvíamos de nuestra luna de miel después de un largo viaje. Tu padre me había tapado los ojos porque no quería que viera el paraje en donde se situaba el que sería nuestro hogar, aquel en el cual pasaríamos juntos nuestras vidas. Así que me resigné y, tras aceptar su decisión, descansé durante el trayecto. La sensación asfixiante de humedad que reinaba en la zona fue la encargada de despertarme y darme la bienvenida a la plantación.
Faltaba poco para que el carruaje llegara a la puerta de la casa y tu padre me retiró el fular que usó para taparme los ojos, tras lo cual decidí mirar el paisaje, ávida de contemplar cómo sería nuestro nuevo hogar. Me quedé atónita al observar a muchos africanos trabajando en una plantación, ya que no los veía desde la boda con tu padre, en la que había algunos. Mis ojos obligaron a mi semblante a volverse serio. Mi familia, al igual que la de tu padre y al contrario de muchas otras de esa época, jamás quería tener esclavos. Rechazaba, por principios, que hubiera personas que sirvieran a otras sin recibir nada a cambio. ¡Nos parecía de épocas ya desterradas de la faz de la Tierra!
Cuando llegamos a la entrada, una mano se adelantó a mis intenciones de bajar del carruaje. Era una mano suave y con la palma blanca. Pertenecía a una señora que se alegraba de verme, como si nos conociéramos desde mucho antes.
—Ho…hola, señora Elizabeth —me dijo a la vez que agachaba la cabeza con timidez, como si sintiera vergüenza al mirarme.
Al mismo tiempo balbuceaba, quizá debido a los nervios de verme por primera vez.
—Soy Siara, vuestra sirvienta.
—¡Ah, Shiara! Pero ¿cómo que «vuestra sirvienta»…?
Lancé mi pregunta al vacío, molesta por la palabra elegida.
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La última carta. La vida de Elizabeth Murray
Historical FictionEstamos en el año 1810. En las afueras de Richmond (Virginia, Estados Unidos) una mujer de sesenta años llamada Elizabeth Murray se dispone a escribir la que será su última carta a su hija Sophie. En ella, le contará los hechos acaecidos en su vida...