Cuatro días después, Esteban regresó de su trote matutino más temprano de lo usual. El habitáculo estaba vacío, pero sobre la mesa descansaba un vaso de café humeante y una nota:
"Buenos días, cariño. Pensé que te gustaría esto.
—L"
Esteban miró el café con desconfianza. Luego lo probó. Estaba perfectamente preparado. No demasiado amargo y con un toque de dulce.
"¿Cómo demonios supo que...?"
"La empatía", recordó.
Dejó la taza vacía sobre la mesa. No escribió una nota de agradecimiento. Pero tampoco la tiró.
Al día siguiente, había otro café esperándolo.
Y al siguiente también.
Esteban empezó a regresar del trote esperando encontrarlo.
Una tarde, volvió más temprano y encontró a Lorel ordenando el habitáculo, tarareando una melodía alegre.
—Oh, hola. No esperaba que volvieras tan pronto —dijo el chakat, un poco sobresaltado.
—El evento se canceló —respondió Esteban, dejando su bolso.
—Lo lamento cariño.
Hubo un silencio incómodo.
—Oye, Lorel... —comenzó Esteban, sin saber cómo continuar.—Gracias. Por el café de las mañanas. Y por todo.
La cola de Lorel se agitó de alegría.
—¡Oh! De nada, cariño. Es lo mínimo que puedo hacer por mi compañero de viaje.
Esteban asintió y se sentó en su sofá, extrayendo el manual. Pero esta vez, no le molestó cuando Lorel se sentó en el otro sofá y comenzó a leer también.
Al transcurrir una semana de viaje, Esteban se sentía más cómodo con Lorel. Habían empezado a comer juntos en el habitáculo en vez de hacerlo por separado en los diferentes restaurantes.
—¡Prrrr! Todo estaba delicioso. Me encanta la comida. Bueno, un chakat come más que un humano, je, je. Dime, ¿te gustó todo?
—Eh, sí. Gracias.
—Hmmm. He notado que no hablas mucho ¿verdad? Quizá sea el momento que me digas ¿De dónde vienes? ¿A qué te dedicas?
Esteban notó que sus manos comenzaban a sudar al ver la imponente figura de Lorel mirándolo con esos profundos ojos azules. Tuvo la sensación de ser la presa a merced del depredador.
—¿Eh? Pues, soy ingeniero titulado.
—¡Oh, un ingeniero! ¿Y vas a trabajar a Chakona?
—No. Estudiaré en Dewclaw. En el Archipiélago Skunktaur.
—¡Oh! ¿Estudiarás con los skunktaurs? Hmmm. Ellos son muy buenos en esas cosas, supongo. Aunque, aquí entre nos, me dan miedo los de pata roja. No me gusta que escudriñen mi cabeza.
—¿En serio? Pensé que ustedes los chakats también leían mentes.
—¡Oh no! Nosotros solo percibimos emociones. Los skunktaurs de pata roja pueden leer pensamientos reales. Es mucho más intrusivo.
—Ya veo.
—¿No me preguntarás qué hago yo? Je, je.
—Eh?
—Con mis socios soy dueño de un bar en el centro de Amistad. Se llama Lorel's Bar. Preparamos unos tragos exquisitos y comida excelente.
—¿Socios? —preguntó Esteban sin poder evitarlo.
ESTÁS LEYENDO
Atardecer en Amistad
Science FictionAtardecer en Amistad narra la historia de Esteban Melinao, un joven ingeniero que arriba a Chakona huyendo de un pasado tormentoso. Nacido en la Unión Sudamericana y marcado por el apellido de un padre terrorista, Esteban busca en este nuevo mundo u...
