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—Sabes, Yoshida-san...—dijo el joven de cabello negro, con una expresión que reflejaba algo más que simple curiosidad. Había algo serio en su tono, algo que hacía que sus palabras parecieran más importantes de lo que realmente eran.
—¿Mhg?—respondió ella, sin levantar la vista del suelo. Su tono era indiferente, pero sus ojos oscuros brillaban con un dejo de expectación, como si estuviera esperando algo más de lo que él decía.
—Conozco a Itachi.—siguió él, y sus palabras flotaron en el aire con una naturalidad inquietante. Como si todo lo que estuviera a punto de contar fuera completamente normal, algo que no necesitaba explicar más.
—Ya lo sabía.—respondió Yoshida con calma, aunque una ligera curva en sus labios indicaba que estaba tan sorprendida como lo estaría cualquier otra persona. No esperaba que él mencionara algo tan directo, pero se mantuvo tranquila, como si ya hubiera anticipado todo.
—¿Eh?—El joven no pudo evitar sorprenderse por su respuesta. Esperaba, al menos, una reacción más intensa o desconcertada.
—Sé cada cosa que hace.—dijo ella con una voz más firme, esta vez levantando los ojos para mirarlo, dejando entrever una mirada penetrante que lo hizo sentir como si estuviera siendo desnudado por sus palabras. No era solo una afirmación; era una declaración de que ella sabía mucho más de lo que él podría haber imaginado.
—Das miedo, Yoshida...—comentó él, sintiendo una extraña presión en el aire. Su tono era sincero, pero también había un tinte de desconcierto. La intensidad con la que ella hablaba, la forma en que parecía comprenderlo todo sin necesidad de decir mucho, lo hacía sentirse incómodo, pero al mismo tiempo, le causaba una curiosa admiración.
—Solo lo protejo.—respondió Yoshida, de manera casi monótona, como si esa fuera la respuesta obvia. No había maldad en sus palabras, pero algo en su tono provocaba que las palabras sonaran más como una amenaza velada que como una simple afirmación.
—¿Crees que él es débil?—preguntó la Yaguma, deteniéndose un momento en su camino, como si quisiera saber la respuesta de él, pero también ponerlo a prueba. El silencio que siguió a la pregunta fue tenso, y su postura era desafiante, como si esperara una reacción.
—Él intentó suicidarse.—la respuesta de Yoshida salió de sus labios sin que pudiera evitarlo. Miró al suelo, sus ojos nublados por la tristeza. No había notado las lágrimas que comenzaban a deslizarse por sus mejillas, ni el dolor profundo que esas palabras evocaban en su interior. Fue como si el peso de esa verdad le cayera encima de repente, dejándola vulnerable y expuesta.
—Tranquila, todo estará bien.—dijo él, con una suavidad inesperada. Se acercó lentamente y la envolvió en un abrazo, como si pudiera aliviar de alguna forma el dolor que ella sentía. No había palabras que pudieran borrar la angustia de sus corazones, pero el gesto de apoyo parecía ser lo único que podía ofrecer en ese momento.
—No quiero que nada le pase...—susurró ella, las palabras acompañadas de sollozos que sacudían su cuerpo. Sus manos se aferraban al joven como si fuera su último refugio. La angustia era palpable en cada respiración entrecortada, en cada lágrima que caía sin ser contenida. Todo su ser clamaba por la seguridad de aquel ser querido, por la esperanza de que nada más pudiera salir mal.
—No le va a pasar nada, ¿sabes por qué?—preguntó él, con un tono sereno, como si sus palabras pudieran crear una realidad diferente. Sostuvo su rostro con delicadeza, mirando sus ojos con una intensidad cálida, intentando transmitirle algo de esperanza en medio del caos emocional que la rodeaba.
—Mikoto-san está embarazada... Sí, lo sé...—respondió Yoshida, su voz temblando, aún impregnada de incertidumbre, aunque la sorpresa por esa revelación era clara. El hecho de que Mikoto estuviera esperando un hijo había sido un secreto, pero algo dentro de ella ya lo sospechaba, como si el destino hubiera decidido que ese fuera el momento para que todo cambiara.
—Bueno, emm... eso lo iba a decir yo.—dijo él, soltando una risa ligera, casi nerviosa, como si estuviera aliviado por compartir la información, pero también un poco avergonzado por el momento en el que estaba ocurriendo.
—Hace unas semanas conocí a alguien...—dijo él, mirando hacia el horizonte con una expresión que no podía esconder completamente. Había algo importante en esa revelación, algo que había estado guardando para sí mismo, algo que parecía cambiar la dinámica entre ellos.
—¿Así? Dime quién. Me estoy poniendo celoso, eh.—dijo Yoshida, con un tono juguetón, pero también curiosa. La pequeña chispa de celos en su voz era palpable, como si quisiera saber más sobre esa nueva persona que había capturado la atención de alguien que ella consideraba cercano.
—Namikaze Minato.—dijo él, separándose ligeramente de su abrazo, como si esa declaración fuera una revelación en sí misma. El aire a su alrededor parecía volverse más denso con esas palabras, como si todo hubiera cambiado de repente.
—Se ofreció a entrenarme.—continuó él, con una leve sonrisa que escondía un sentimiento complejo. No sabía por qué se sentía tan vulnerable al compartir eso con Yoshida, pero algo en su interior le decía que debía confiar en ella.
—Oh, y... ¿aceptaste...?—preguntó Yoshida, jugueteando con sus dedos, aunque su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y preocupación. Había algo en la respuesta de él que la había dejado pensativa, como si las decisiones que tomara ahora pudieran cambiar el curso de todo.
—Sí.—respondió él con una firmeza renovada, como si esa respuesta le hubiera dado una sensación de propósito. Miró a Yoshida a los ojos, con la sinceridad reflejada en su rostro. —Shisui... yo... te amo.—dijo al final, sus palabras fluyendo con naturalidad, pero con un peso profundo. No esperaba una respuesta inmediata, solo necesitaba decirlo, como si fuera lo único que realmente podía ofrecerle en ese momento.