-Cap 9: "𝐿𝑎 𝑇𝑒𝑚𝑝𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑 𝑆𝑖𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑠𝑎"

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Mihrima 

Salí de mis aposentos sintiéndome gratamente renovada. Había pasado las últimas horas inmersa en las páginas de uno de los libros que T/N me había recomendado. Un volumen de poesía persa que, la verdad, me había cautivado profundamente; podría decir que es uno de mis favoritos hasta ahora. La lírica era intensa, la descripción de las emociones tan vívida... me había recordado que incluso dentro de estos muros de piedra, el espíritu puede volar libremente.

Ya estaba cansada de la quietud de mis aposentos. Las tareas administrativas de mi fundación y las intrigas del Diván podían esperar un momento. Decidí salir a caminar un poco, dejar que el aire fresco del palacio me despejara la mente antes de ir a ver a mi madre, la Sultana Hürrem, para discutir asuntos importantes de estado y, por supuesto, la bendita noticia del embarazo de T/N.

Justo antes de llegar a las puertas del Harén, me detuve en seco. Una peculiar conversación, elevada y llena de tensión, flotaba en el aire. Sonaba más a una discusión acalorada que a un simple chismorreo. Mi instinto me dijo que debía escuchar antes de intervenir.

Me pegué discretamente a la pared, a una distancia prudente para que mi sombra no delatara mi presencia, pero lo suficientemente cerca para distinguir las voces.

—T/N lleva unos meses aquí y ya es favorita. Piensan que es normal que Su Majestad la quiera tanto, tal vez esa mujer le hizo brujería —la voz, cargada de resentimiento y veneno, la identifiqué de inmediato. Era Hadem. La reconocí como una de las criadas más cercanas a Clara, la Haseki desplazada.

La acusación me encendió la sangre. ¿Brujería? Es la excusa de los mediocres para explicar el éxito ajeno. Que el Sultán, mi hermano Mehmed, amara a T/N era simplemente porque T/N irradiaba una luz genuina y una inteligencia que la diferenciaba del resto. Pero decidí no intervenir de inmediato. La prudencia me aconsejó esperar. Quería que esta Hadem continuara con sus falsas acusaciones, que se hundiera más en su insolencia, para que su castigo fuera no solo justificado, sino el más severo de todos.

—Y eso a ti qué te importa, Hadem.—respondió otra mujer con un tono de fastidio. Su voz era dulce pero firme, y la describí mentalmente: cabello color marrón con algunas ondas. Miray, recordé.
—Dices que llevan mucho tiempo aquí y que ella solo unos meses. Y con solo unos meses pudo hacer más feliz a Su Majestad que todas ustedes juntas —la burla en la voz de Miray era palpable, y el efecto en Hadem fue instantáneo; se notaba que la había herido en su orgullo.

—¿Y crees que su felicidad con T/N va a durar, Miray? —preguntó Hadem sarcástica, su voz bajando a un murmullo más siniestro—. Cuando Clara traiga a un Príncipe a este palacio y se convierta en Sultana, T/N va a perder todo lo que tiene. Ella va a sufrir peor que Clara, y yo me voy a encargar de que así sea.

La amenaza. El resentimiento de Clara se manifestaba a través de su criada, como un eco oscuro de su propia frustración.
En ese momento, las piezas de un viejo rompecabezas comenzaron a encajar en mi mente. Hadem debe ser, sin duda, una de las criadas de mayor confianza y complicidad de Clara. Ahora que lo recordaba, siempre que le enviaban una concubina nueva a mi hermano en Manisa, estas terminaban muertas. Recibíamos cartas con las noticias: una mujer las encontraba sin vida en los baños o sus aposentos. Mi madre y yo siempre sospechamos de Clara, pero por alguna razón, Clara nunca estaba directamente en el lugar donde se encontraban los cuerpos. Era una sombra escurridiza que siempre salía ilesa.

La intensidad del odio de Hadem confirmaba que Clara, ahora que se sentía desplazada y humillada, estaba lista para usar métodos viles.
—Jamás dejaré que toquen a T/N. Morirán si la tocan. Yo me aseguraré de que así sea.—dijo una tercera voz, acercándose a Hadem. Era Gizem, y su tono era de una lealtad feroz.

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