LIBRO 2 DE VAMPIRE KISS
¿Cómo puedes recuperar lo que no sabes que has perdido?
Seis meses después de los eventos de Vampire Kiss, Dorian Welsh ha perdido todos los recuerdos de su pasado y se encuentra atrapado a merced del Salvador, un enigmático...
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Reverse York
Había seis Anomalías Prohibidas muertas en el club nocturno Collapse, y Lazarus Solekosminus estaba harto de ello.
Los cadáveres seguían apilándose sin una explicación lógica ni una sola pista sobre el culpable de esa racha de exterminios silenciosos. Durante meses, decenas de Anomalías habían sido encontradas muertas en lugares públicos de Reverse York, y jamás aparecía un testigo capaz de explicar lo sucedido. Caían por causas tan extrañas como aleatorias: paros cardíacos fulminantes, muertes cerebrales repentinas, asfixias autoinducidas, ataques psicóticos que los llevaban a arremeter contra sí mismos o lanzarse a las vías del metro, de puentes y edificios. Eran asesinatos perfectamente maquillados de suicidios, muertes sin rastro, sin huellas, sin cabellos, sin siquiera una célula muerta que pudiera señalar a alguien.
La definición exacta de homicidio fantasma.
Y quien fuese capaz de matar así no necesitaba tocar a sus víctimas. Por eso, Lazarus no podía evitar pensar en vampiros; pero incluso la hipnosis vampírica tenía límites. Ninguno podía controlar grupos enteros con una precisión tan quirúrgica.
—Las seis víctimas son Anomalías Prohibidas —informó Frederick Sawyer, capitán de la policía de Reverse York. Un licántropo maduro, de aspecto descuidado, pero con una autoridad incuestionable—. No podemos proceder con la investigación de sus muertes.
Lazarus frunció los labios con fastidio. Esa ley absurda que dictaba que las Anomalías Prohibidas quedaban fuera de toda protección judicial —y que podían ser asesinadas bajo la excusa de defensa propia— no hacía más que obstaculizar su investigación. Y este era uno de los casos más intrincados de toda su carrera.
—¿Qué dijeron los testigos? —preguntó.
—Ninguno recuerda nada. Es como si hubieran perdido la consciencia y, al despertar, encontraron a los seis muertos —respondió Frederick, extrayendo una caja de cigarrillos de su chaqueta—. ¿Gustas?
Lazarus tomó uno, pero no lo encendió. Lo guardó en el bolsillo de su chaleco.
—Esto es trabajo de un Purificador —sentenció—. Uno muy habilidoso.
—O un lavado de cerebro —opinó Frederick—. Ya sabes, esa mierda que hacen las brujas prodigiosas.
—¿Un vampiro y una bruja prodigiosa? —inquirió Lazarus—. Terrible combinación. Personalidades completamente opuestas.
—¿Entonces crees que sea uno de los dos?
—Las lagunas mentales, sí —concedió—. Los asesinatos, no.
Se arrodilló junto a uno de los cuerpos. La etiqueta colgante indicaba que el hombre era una Anomalía Prohibida: mitad vampiro, mitad espectro. Causa de muerte: infarto fulminante. Lazarus observó sus ojos aún abiertos, extraviados, congelados en una expresión de terror mudo. Le parecía una injusticia grotesca que estos casos no fueran investigados. Por eso él lo hacía al margen de la ley; por justicia... y por una vendetta personal.