Sophie Marthen creía conocer quién era, hasta que se cruzó con ella.
Ninguna sabía cómo sus vidas cambiarían al encontrarse, lo que sí estaba claro, es que, siempre hallaban la manera de llegar a la otra para desordenarlo todo.
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Narra Audrey Blair:
La palabra imposible no existía en mi vocabulario.
Todo lo que quería lo obtenía, y lo que pretendía lo alcanzaba.
Muchos me llamarían narcisista, ególatra, e incluso, presuntuosa. Y para qué engañarnos, lo era, pero cuánto amaba serlo.
No siempre tuve esa confianza, de hecho, no fue hasta que me ví completamente ultrajada de mí misma, cosificándome de la forma más humillante, que una fuerza abrupta me invadió en una explosión de poder renacido en la propia ira.
- Ya le he dicho que no puede pasar.- Habló el guardia de seguridad de uno de los almacenes más importantes de la ciudad, era conocido como Los Almacenes Fons.
- Oh, ¿no cree que debería volverlo a considerar? - Insistí con mi tono de voz más persuasivo.- Ábrame la puerta.- El guardia pareció vacilar unos segundos, pero de inmediato llevó a cabo lo que le ordené. - Apague las cámaras. - Conseguí que lo llevase también a cabo, e incluso que copiara una grabación de otra noche.
La manipulación era otra de mis principales características, y probablemente la que me ayudó a convertirme en quién era. Sentía que era una práctica demasiado demonizada por la corriente popular, lo cuál me resultaba ridículo teniendo en cuenta la propia estructuración mundial, por la cuál todos estamos en cierta forma instrumentalizados para ser productivos.
Una vez en el almacén no me costó demasiado encontrar la oficina de la dirección, era la más espaciosa, contenía montones de libros en las estanterías, y en el centro del escritorio me esperaba mi objetivo. El ordenador sería el modelo más actual y grande del mercado, pero acceder a su contenido me resultó demasiado sencillo.
¿Quién seguía poniendo de contraseña la fecha de su nacimiento?
Me sorprendía que ni siquiera tuviese seguridad el acceso al contenido de las cuentas, copié todo en mi pendrive, y tras un agradecimiento al segurata salí de la oficina para dirigirme a la cafetería de la autopista en la que había quedado con Noelia.
- ¿Lo tienes?
- Cariño, tu duda me ofende.- Respondí irónica mostrándole el Pendrive. - ¿Cuando no he conseguido algo?
La pelirroja me miró con una sonrisa, con aquella información al fin podríamos desmantelar la implicación de uno de los almacenes más populares en una red de trata.
- Estás muy guapa.- Halagó.
- Lo sé, me gusta como me queda esta chaqueta.- Usualmente nos enseñan a recibir los cumplidos con un agradecimiento, e incluso con culpa, nosotras nos conocemos mejor que nadie y sabemos perfectamente cuando lucimos mejor o peor. La mayoría de las veces, antes de que nos lo dijeran ya lo sabíamos pero necesitábamos que nos lo reafirmaran tontamente. Depender del resto para estar bien y ser sincera con una misma no debería de ser una opción.