Sophie Marthen creía conocer quién era, hasta que se cruzó con ella.
Ninguna sabía cómo sus vidas cambiarían al encontrarse, lo que sí estaba claro, es que, siempre hallaban la manera de llegar a la otra para desordenarlo todo.
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Narra Lily Blair (la chica del prólogo):
Hubo un tiempo, una parte de la historia donde se suponía que todos habitábamos en paz.
No sabía muy bien cuántas civilizaciones vivieron antes que nosotros, pero si que todo comenzó mucho antes de la formación de los primeros imperios.
Acostumbrábamos a vivir en comunidades pacíficas, nos encargábamos de recolectar nuestra propia comida, todo estaba lleno de bosques, árboles, riachuelos, era el estado mas puro de la naturaleza.
Creíamos vivir todos como iguales, nos respetábamos y cuidábamos unos de otros. Compartíamos todo aquello que teníamos para sobrevivir, pero ya entonces comenzaban a infiltrarse una serie de conductas sociales que sin saberlo, acabarían formando la estructura piramidal jerárquica con la se fue corrompiendo la propia humanidad.
En su momento no supimos ver los pequeños patrones que día a día iban aumentando más nuestras limitaciones, y coartando nuestra propia libertad. Comenzó de forma paulatina, haciéndonos ver cómo con los dolores menstruales no teníamos porqué ir a cazar, nos lo presentaban como algo beneficioso para nosotras, y así, poco a poco nos fueron relevando de ciertas tareas, haciéndonos creer que aquello era lo mejor para nosotras.
Llegó un punto en el que nos hicieron completamente dependientes de ellos, de quienes demostraban tener mayor fuerza. Ésta demostración pasó a ser considerada poder, y pronto, el más fuerte acababa asumiendo el mando, mediante la creencia generalizada de que era quien nos otorgaba seguridad. Los hombres se hicieron dependientes de los más fuertes, y a las mujeres nos convirtieron en figuras dependientes de los hombres privándonos de nuestra propia autosuficiencia.
Para cuando yo nací, la situación no era tan extrema a la que degeneró siglos después. Aun a rasgos generales se nos veía como iguales, pero internamente, se nos comenzó a considerar como trofeos, especialmente para alguno de ellos.
-¿Crees que puedas alcanzarme esa?- Preguntó Eve, la joven, de cabello castaño con algunos mechones más dorados, tenía una completa obsesión con las manzanas rojas. Siempre salíamos juntas a pasear, era nuestro momento, y habitualmente hacía que nos detuviésemos en el mismo árbol para tomar las sabrosas manzanas que brotaban de él.
- Está demasiado alta, tal vez sea mejor si te alzo y la tomas tú.- Respondí con una sonrisa, el simple contacto de mis manos en su cintura para elevarla era lo más grandioso que me podría pasar en el día.
Aun disfrutábamos de nuestra ingenuidad, buscábamos nuestras miradas a cada instante, sonriéndonos nada más encontrarnos, y utilizábamos cualquier excusa para estar junto a la otra.
En un principio ninguna comprendíamos qué nos estaba pasando, era como si la única persona que habitase en mi mente fuera ella, su simple contacto revoloteaba todo en mí creando un cosquilleo que se extendía hasta llenar de calor mi pecho. Su sonrisa era todo cuánto me importaba, tenía cada tramo de su rostro grabado en mi mente siendo la única persona en la que pensaba a cada momento del día. Cuando la tenía cerca disfrutaba de cada instante a su lado, y cuando no lo estaba pensaba en lo mucho que la anhelaba, en cómo me gustaría mostrarle algo que había descubierto, o en sí estaría a salvo.