Capítulo 8 "AMAR ES CONDENAR"

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Ella siempre bailó.
Incluso cuando el mundo crujía bajo sus pies como un edificio a punto de derrumbarse.

Bailaba en silencio, en la tristeza, en la resignación.

Había nacido con un alma demasiado luminosa para el lugar al que pertenecía.
Aquella noche, sus pasos giraban sobre el suelo húmedo de la cocina del restaurante.

El agua tibia corría por sus manos, los platos chocaban unos contra otros como campanas funerarias apagadas.

Afuera, la fiesta de los ricos vibraba con risas, cristales y perfumes caros. Un vals antiguo se filtraba por las paredes, como si la música misma supiera encontrar grietas por donde colarse.

Claire cerró los ojos.
Y entonces ya no estaba allí.

Se vio caminando por un palacio interminable, con columnas de mármol negro y candelabros que ardían sin consumir sus velas.
Su vestido rozaba el suelo como una sombra líquida. Sentía que su verdadera forma habitaba en ese lugar imposible, no entre la grasa, la mugre y los restos de los sueños ajenos.

Siempre fue demasiado soñadora.
Eso decía su padre.
Demasiado frágil para este mundo.

Mientras giraba con la escoba entre sus manos como si fuera una pareja invisible, algo se materializó detrás de ella. Un frío dulce, casi familiar, la envolvió.

Unos brazos la rodearon con una precisión que no pertenecía a ningún humano.

— ¿Badulf…? — murmuró, girando lentamente.

Él estaba allí.
Como si hubiera emergido de la música misma.

Su presencia tenía la profundidad de una noche sin estrellas. Su sonrisa era cálida… y terriblemente antigua.

— ¿Me concede usted esta pieza? — preguntó, inclinándose con elegancia.

Claire dudó. Miró sus manos húmedas, el delantal manchado, la cocina vacía.

— Debo terminar de limpiar…

— Hace un instante estabas bailando — susurró él —. No me niegues algo que ya me pertenece.

No supo cuándo dejó la escoba.
No supo cuándo el suelo dejó de ser baldosas.

De pronto giraban en un salón infinito.

Las sombras los observaban desde los rincones como invitados silenciosos. La música ya no venía de afuera… latía dentro de su pecho.

— Yo no debería bailar esta música — dijo ella, con una tristeza que parecía haber nacido siglos atrás.

— ¿Por qué?

— Porque no soy una princesa. Solo soy una mesera.

Badulf alzó su rostro con una delicadeza peligrosa.

— Para mí… eres una llama destinada a arder eternamente.

Sus dedos recorrieron su mejilla como si estuviera aprendiendo su forma.

En sus pupilas, Badulf vio algo imposible: su propia alma… brillando como una criatura atrapada dentro de un cristal oscuro.

Él sintió hambre.

No lo pensó.

La besó.

Y el mundo se quebró.

Claire sintió mariposas, sí… pero también cadenas invisibles cerrándose alrededor de su corazón.

El beso la arrastró a otra vida, a hogueras, gritos y cenizas. A una promesa que jamás había recordado haber hecho.

Se estaba enamorando.

O tal vez estaba recordando su condena.

Dos almas que habían girado a través de la muerte y el tiempo para encontrarse nuevamente… pero solo una de ellas seguía siendo libre.

Badulf sabía que su hermano lo desaprobaría.

Sabía que los demonios no aman: poseen.

— No puedo alejarme de ella — confesó con una serenidad perturbadora — Incluso si huyo… ella soñará conmigo. Y volveré.

Dustin se llevó la mano al rostro.

— Has perdido el norte. Sabes lo que significa esto.

— Sí. Significa que será mía.

No hubo más discusión.

El tiempo empezó a deformarse desde entonces.
Los días caían como hojas muertas.

Cuando Badulf le pidió matrimonio, Claire sintió que aceptaba algo mucho más antiguo que esa pregunta.

Se casaron en el bosque, bajo árboles que parecían inclinarse para escuchar sus votos.

La lechuza Greta observaba con ojos inmóviles. El gato Scáth ronroneaba como si conociera el desenlace.

No era una boda.
Era un ritual.

— Este día me uno a ti… más allá de la vida, más allá de la luz — dijeron, entrelazando sus manos.

La tierra respiró.

— Si mueres — susurró él contra sus labios — te buscaré entre cadáveres y sueños. En mil mundos. Durante diez mil vidas.

Claire sintió miedo.
Pero también paz.
Porque no comprendía que desde hacía tiempo ya no distinguía qué era real.

La naturaleza de los demonios es poseer.
No por amor… sino por necesidad.

Y Badulf había encontrado en ella una fuente inagotable.

Después de la calma… siempre llega la tormenta.
Pero algunas tormentas no destruyen el mundo. Solo lo convierten en una ilusión eterna.
Y Claire seguía bailando.
Sin darse cuenta de que cada giro la alejaba un poco más de sí misma.

Sin darse cuenta de que cada giro la alejaba un poco más de sí misma

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S O L O S (Origen Alternativo: Slenderman, Splendorman, Offenderman, Tenderman)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora