Damián Muller esconde tras esa fachada de perfección un lado oscuro y monstruoso. Su sed de poder y obsesión por obtener lo que quiere sin importar las consecuencias lo lleva a cometer actos crueles y malévolos.
Poco a poco, su verdadera naturaleza...
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Clínica psiquiátrica bienestar mental.
Damián Müller
La habitación está envuelta en una oscuridad fría, que apenas es quebrada por el débil rayo de luz que se cuela por una pequeña ventana. El silencio es abrumador, pero no me molesta; al contrario, lo prefiero así. Solo el leve sonido de mi respiración rompe la quietud, resonando como un eco lejano que no significa nada.
La camisa de fuerza blanca que me han puesto está tan ajustada que apenas respiro. Las correas sujetan mis brazos contra el torso con un celo casi quirúrgico, como si cada hebilla hubiera sido pensada para recordarme que soy, para ellos, una amenaza. Y quizá no estén del todo equivocados.
Me trajeron aquí después de que le soltara un golpe a uno de los guardias por provocarme. No fue un escándalo mayúsculo. Ni siquiera lo maté, aunque ganas no me faltaron. Mientras me inmovilizaban recibí varios golpes: los sentí uno a uno, secos, calculados, como si quisieran dejarme claro que sus reglas no admiten dudas. Antes de encerrarme en esta camisa de fuerza me pusieron esposas. Las apretaron tanto que el metal se hundió en la piel y dejó marcas que todavía arden. Cuando por fin me las quitaron, ajustaron las correas de la camisa con la misma precisión cruel. No bastaba con incapacitarme. Querían asegurarse de que no hubiera la menor posibilidad de que me moviera. Creen que así no les daré problemas. Nunca es una garantía.
Me recuesto contra la pared fría y cierro los ojos. El silencio del cuarto no es verdadero silencio: está lleno del eco pesado de mi respiración y del rumor de mis propios pensamientos, que golpean como un péndulo sin descanso. Frente a mí, la puerta se recorta en la penumbra. Detrás, una sombra va y viene. Conozco esa sombra. Sé quién es. Peter Jonson. El mismo que me golpeó primero, el que sonríe cuando cree que nadie lo mira, seguro de que el uniforme y la placa le dan poder. Su rostro crispado, poblado de una rabia que ni él entiende, se me quedó grabado como un tatuaje mal hecho. Él cree que puede intimidarme. Cree que puede moldear el miedo con su voz áspera y su mirada de perro enjaulado. Pero yo ya vi la grieta. Siempre hay una. Y cuando la encuentras, el edificio entero tiembla.
Camina de un lado a otro con una cadencia mecánica, como si ese ir y venir fuera un recordatorio de su vigilancia perpetua. Cada paso suena a orden. Cada paso quiere decirme que él manda aquí. Yo, sin embargo, escucho otra cosa: el leve desacompasado de su respiración cuando se detiene, la tensión en sus hombros, el peso que arrastra en el tobillo derecho desde que le dejé mi golpe. No lo dirá, no lo mostrará, pero el dolor lo acompaña como un perro fiel. Eso le quedó de mí.
Sigo mirando la puerta. Sé que tarde o temprano tendrá que abrirla. Y cuando lo haga, nos iremos de frente a los ojos. Hay cosas que no se olvidan con el paso del tiempo, apenas se sedimentan y esperan la oportunidad de salir a la superficie con más filo.
La cerradura cede con un chasquido breve. La sombra se recorta por completo y el pasillo derrama su luz mortecina hacia adentro. Jonson se planta en el umbral con su sonrisa torcida. Disfruta el papel, como si cada visita fuera una función privada.