Clara Sultan
—Esta será una gran noticia en el Harén... pero no para la víbora de T/N.—
Mi corazón latía con una velocidad febril mientras me alejaba de la sala de partos. No había podido irme muy lejos.
La rabia, la humillación, la necesidad de saber si esa perra iba a parir me mantuvieron cerca. Me oculté detrás de un tapiz pesado y una columna, lo suficientemente cerca para escuchar, pero invisible. Necesitaba escuchar el grito de agonía o, mejor aún, la noticia de su muerte.
Y Alá fue testigo de mi suerte. Escuché la voz de Mihrimah, aguda y llena de furia contenida, y luego el murmullo de Hürrem, la Sultana Madre.
No distinguía todas las palabras, pero podía reconstruir la escena con la precisión de mi propio veneno.
Mehmed no estaba. Eso ya era una victoria.
Entonces, escuché a Mihrimah, su tono cargado de un resentimiento que yo conocía demasiado bien. Escuché la palabra "concubina", y luego, distintamente, el nombre "Gizem". ¡El Sultán había estado con otra! ¡En el día del parto de su favorita! La felicidad que sentí fue una explosión helada. T/N no solo había sido desairada, sino traicionada. El gran amor del Sultán no era tan fuerte después de todo.
Y lo más exquisito fue la reacción de Mihrimah. La escuché pronunciar, en voz baja, ese deseo de castigo, ese impulso de venganza contra Gizem, contra la traición. Ellas lo sabían. Hürrem lo sabía.
Cuando Mehmed apareció —su voz, su falsa alegría—, mi cuerpo se tensó. Escuché el silencio tenso de las Sultanas y luego, la terrible confrontación de Mihrimah. La ira en su voz, la vergüenza en la de Mehmed.
Y luego, el golpe de gracia. Escuché su súplica urgente, desesperada: "T/N no puede saberlo... ella no puede saberlo..."
Estaban conspirando para ocultar la verdad a esa estúpida esclava. ¡Qué ingenuidad! Yo me encargaré de que sepa. Yo me encargaré de que pague mi humillación con su dolor.
Y justo cuando mi triunfo alcanzaba su punto álgido, escuché el grito de la partera. La noticia. Un Príncipe. Mi sangre se congeló. ¡Un Príncipe! La víbora lo había logrado. Su posición ahora era poderosa.
Pero la noticia de Gizem era mi escudo. Esas palabras susurradas en el pasillo, esa traición que el Sultán había intentado esconder, eran mi arma. Si las Sultanas querían un secreto, yo les daría una revelación.
Me quedé allí, oculta en la sombra del pasillo, inmóvil. Escuché la alegría hipócrita de Mehmed, la celebración forzada de Hürrem, y el resentimiento apenas disimulado de Mihrimah. Mi cuerpo temblaba, no por el frío, sino por la mezcla de emociones: la amarga derrota de que T/N había parido a un Príncipe, y el triunfo embriagador de poseer el secreto que podía destruirla.
Escuché a Mehmed suplicarle a su hermana: "T/N no puede saberlo... ella no puede saberlo..."
¡Qué ingenuidad! Creen que pueden tapar el sol con un dedo. Que este secreto permanecerá enterrado. No. Yo me encargaré de que sepa. Yo me encargaré de que pague mi humillación, mi dolor, mi rabia, con su propia agonía. Esa traición es mi arma. Un puñal que clavaré en su corazón en el momento más inoportuno.
Esperaría. Esperaría el momento perfecto para usar el secreto de Gizem. La celebración por el Príncipe de T/N era el escenario ideal. Y no habría nadie que pudiera detenerme.
Con esa resolución feroz, salí de mi escondite, mi rostro una máscara de fría calma. Era hora de unirse al 'festejo'.
Entré en el Harén. La atmósfera era un torbellino de colores, música y danza. Un ambiente de triunfo que me quemaba los ojos. Todas las mujeres bailaban, gritaban, celebrando la victoria de esa mujer. Al sentir mi presencia, las reverencias fueron automáticas, pero perezosas.
Me acerqué a un espacio desocupado en la periferia, observando el frenesí con una sonrisa ladeante, llena de sarcasmo. Tomé asiento. Una mujer se acercó con bocadillos. Tomé unos, masticando lentamente.
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Nuestro Tiempo
FanfictionT/N no es solo una concubina; es una pieza estratégica en el complejo y peligroso tablero de ajedrez de la política otomana. Arrancada de su vida anterior y presentada como un obsequio de la poderosa Sultana Hürrem para sellar el reinado de su hijo...
