Retrocedí, apartándome de la cama por impulso. Quise llorar. Aquel ser tendido sobre la cama era... Me llevé las manos a la cabeza y luego a mis oídos; sus gemidos me torturaban. Indeciso, no supe si salir de ahí o acercarme de nuevo, y permanecí paralizado en mi sitio por lo que pudieron haber sido muchos minutos. Mis ojos la evitaron y prefirieron clavarse en el peinador: el espejo estaba roto y el exquisito mueble hecho de la más fina madera, apenas permanecía en pie, inclinado sobre pared. Lo imaginé de nuevo tal como era hacia tan solo unos días: bello y elegante. Había una pequeña silla frente a él— ahora destrozada en algún rincón de la habitación— y la ví a ella sentada, mirándose al espejo mientras cepillaba su largo cabello negro. La luz del día le iluminaba el rostro, sus pupilas oscuras brillaban. Yo adoraba la forma en que ella pasaba sus dedos entre su cabellera, en la vanidad que envolvía cada uno de sus gestos y movimientos y como aquello la hacia lucir a mis ojos como una mujer "normal". Yo siempre estaba buscando cualquier pretexto para seguir dándole la espalda a la realidad. Porque era un tonto.
Ella desapareció. La silla volvió a perderse y el peinador estaba nuevamente vacío, inclinado a la derecha y devolviendo una imagen fragmentada en el cristal. Volví la cabeza de nuevo hacia el frente. Temblando, uno de mis pies dió un paso adelante, casi de forma involuntaria, luego lo siguió el otro, y sin darme cuenta me hallé de nuevo a un costado de la cama.
Porque podían haber sucedido muchas cosas pero yo había amado a aquella mujer con el alma. La quise incluso mucho más de lo que alguna vez me quise a mi mismo.
Aún la quería.Levanté la mano y la extendí hacia ella. Con suma delicadeza la coloqué sobre su cuerpo inerte; apenas ese leve contacto la hizo soltar un gemido ronco y yo retiré la mano al instante. Pero mi espanto no era tanto por el áspero sonido que emitia su garganta, sino por la humedad que empapaba mi mano, un líquido espeso y caliente, que ni siquiera tuve que mirar para saber que era: sangre. Tembloroso, volví a acercar mis manos y palpe su cuerpo, casi desnudo, cubierto apenas por unos trozos de tela desgarrados. Con ayuda de mi tacto y la poca luz de la luna que entraba por la ventana, fui develando poco a poco el horrorso desenlace hasta el que habíamos llevado todo. Mis dedos se encontraron con un profundo y enorme zurco en su estómago, que cubrió de rojo mis manos y me provocó una desagradable sensación de asco al sentir su piel desgarrada. Pero no fue el único: en sus piernas, en sus brazos, en su cara, todo estaba cubierto de heridas y en algunas incluso faltaban trozos de piel.
Mi amada estaba bañada en sangre. Caí de rodillas a un lado de la cama y quise abrazarla con todas mis fuerzas, pero no me atreví a hacerlo. Un sentimiento de rabia creció en mi interior y sentí mi pecho arder.
Por primera vez en tantas noches deje de fingir fortaleza y me abandoné al llanto; mis sollozos eran tan fuertes que ahogaban cualquier otro ruido a mi alrededor. Apreté las sábanas de la cama con mucha fuerza; tenía heridas en las manos y en diferentes partes del cuerpo pero no me importaba, el dolor que sentía por dentro era mucho más grande que cualquier dolor físico.Tan hundido estaba que ni siquiera me percate de la luz que entró en la habitación. Tan solo levanté la cabeza cuando escuché las garras de unas enormes patas arañando el suelo con cada paso. Entré en pánico en seguida y me aparté de un salto. Allí, a unos pasos de mí, había un hombre, sostenía una antorcha y miraba atentamente el cuerpo tendido sobre la cama. La criatura de cuatro patas se había detenido a su lado, jadeaba de manera escandalosa y de su hocico botaban largos hilos de baba. A la luz de la antorcha pude descubrir que eran criaturas aún más espantosas de lo que había creído en un principio: era enorme, quizá de poco más de un metro de alto, con la piel completamente carente de pelo y una apariencia áspera. El hocico era bastante más alargado que el de un perro o un lobo y de su boca sobresalía una hilera de puntiagudos dientes. Las orejas también eran puntiagudas y largas, y sus ojos no eran más que dos huecos negros y hundidos en la cara, tanto que incluso creí que ni siquiera los tenía hasta que ví en ellos un leve brillo provocado por la luz de la antorcha. Sentí escalofríos.
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La última noche
Short StoryLa vi por primera vez entre el verde del verano y el tranquilo susurro del agua cristalina, paseando y jugando en las colinas, en un sitio bastante apartado de la civilización; en una hermosa mañana, engañosamente perfecta. Me hechizó de forma insta...