Una piel tan blanca no se olvida, unos ojos con el brillo de la luna tampoco, y mucho menos unos labios tan sueves y dulces como el mismísimo algodón de azúcar.
Una piel tan blanca no se olvida, unos ojos con el brillo de la luna tampoco, y mucho menos unos labios tan sueves y dulces como el mismísimo algodón de azúcar.
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