Primeros Latidos
Mackenzie
El cielo estaba cubierto de un gris plomizo cuando salí de mi departamento esa mañana. La ciudad se movía con su rutina diaria, pero para mí, todo parecía estar en cámara lenta, como si el universo supiera que algo importante estaba a punto de suceder. Respiré hondo, intentando calmar los nervios que me acompañaban desde que había decidido ir sola a mi primera ecografía.
El consultorio del médico no estaba lejos, así que opté por caminar. Necesitaba tiempo para ordenar mis pensamientos antes de enfrentar lo que me esperaba. A cada paso, sentía el peso de mi situación más y más fuerte. Me preguntaba cómo sería este momento si las cosas hubieran sido diferentes, si Frederick hubiera estado a mi lado, compartiendo esta experiencia conmigo. Pero rápidamente aparté ese pensamiento de mi mente. No podía permitirme pensar en lo que podría haber sido. Tenía que concentrarme en el presente, en el bebé que crecía dentro de mí.
Al llegar a la clínica, el sonido de la puerta automática al abrirse y cerrarse detrás de mí me hizo dar un pequeño salto. Me sentía fuera de lugar en aquel entorno clínico, como si estuviera en un mundo que no me pertenecía. Pero aquí estaba, a punto de dar el primer paso hacia algo que cambiaría mi vida para siempre.
La recepcionista, una mujer mayor con una sonrisa amable, me saludó con un "buenos días" y me pidió que tomara asiento mientras esperaba a ser llamada. Asentí, aunque apenas pude devolverle la sonrisa. Mis manos jugaban nerviosamente con el borde de mi bolso mientras intentaba distraerme mirando las revistas en la mesa de la sala de espera, pero nada lograba alejar mi mente de lo que estaba por venir.
Poco después, una enfermera me llamó por mi nombre y me condujo a una sala de ecografías. Me sorprendió lo pequeña que era la habitación, con solo una camilla, un monitor, y algunos equipos médicos. El ambiente era tranquilo, pero no podía evitar sentir una mezcla de anticipación y ansiedad que se arremolinaban en mi estómago.
—Por favor, siéntate aquí y relájate lo más que puedas —dijo la enfermera, indicándome la camilla mientras preparaba el equipo.
Me acomodé, aunque "relajada" era lo último que me sentía en ese momento. Todo parecía surrealista, como si esto estuviera pasando en la vida de otra persona. Miré el monitor junto a mí, preguntándome cómo se vería el bebé, qué tan desarrollado estaría en esta etapa temprana.
Poco después, el médico entró en la sala, un hombre de mediana edad con una actitud profesional pero cálida. Después de las presentaciones, me explicó brevemente el procedimiento, aunque la mayoría de sus palabras se perdieron en el ruido de mis propios pensamientos.
—Vamos a echar un vistazo a tu bebé, Mackenzie —dijo finalmente, encendiendo la máquina y aplicando un gel frío en mi abdomen—. ¿Estás lista?
Asentí, aunque mi corazón latía tan rápido que temí que pudiera escucharlo. La pantalla frente a mí se iluminó con una imagen en blanco y negro, y durante unos momentos, todo fue un mar de sombras y formas que no lograba comprender.
Y luego lo vi. O al menos, lo que el médico me indicó que era el bebé. Una pequeña figura, apenas distinguible, pero allí estaba. Era real. El bebé era real.
Mi respiración se detuvo por un instante mientras trataba de procesar lo que estaba viendo. El médico señaló con el cursor en la pantalla.
—Aquí está tu bebé, Mackenzie. Como puedes ver, está en las primeras etapas de desarrollo, pero todo parece estar bien hasta ahora.
Mi vista se nubló mientras intentaba contener las lágrimas. Nunca había pensado que una imagen en blanco y negro pudiera tener tanto impacto en mí. Ese pequeño punto en la pantalla, tan indefenso y tan lleno de posibilidades, era mi hijo.
—Voy a ver si puedo encontrar el latido del corazón —continuó el médico mientras ajustaba algunos controles.
Entonces lo escuché. Un sonido rápido y rítmico que llenó la sala. El latido del corazón de mi bebé. Era fuerte y constante, una melodía que no sabía que estaba esperando escuchar hasta ese momento. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer, resbalando por mis mejillas mientras miraba fijamente la pantalla.
—Eso... eso es el corazón —susurré, apenas capaz de hablar.
—Sí, lo es —respondió el médico con una sonrisa—. Es un buen latido, muy fuerte. Todo parece ir bien hasta ahora, Mackenzie. ¿Tienes alguna pregunta?
Quería hacer tantas preguntas, pero las palabras no salían. Me sentía abrumada por la emoción, por la realidad de lo que estaba sucediendo. Después de unos momentos, logré asentir y preguntar, aunque mi voz temblaba.
—¿Cuánto tiempo tiene?
—Aproximadamente ocho semanas —respondió el médico—. Es muy temprano todavía, pero el bebé se está desarrollando bien.
Ocho semanas. Había llevado a este pequeño ser dentro de mí durante dos meses sin saberlo, sin darme cuenta de cómo mi vida estaba cambiando. Y ahora, de repente, todo tenía sentido. Las náuseas, el cansancio, el cambio en mi estado de ánimo. Todo apuntaba a este momento, a esta pequeña vida creciendo dentro de mí.
Cuando el médico terminó de mostrarme la ecografía y apagar la máquina, me limpié las lágrimas y me senté en la camilla, aún sintiendo el eco de esos latidos en mi pecho.
—Gracias —dije finalmente, mi voz un poco más firme—. Esto... esto significa mucho para mí.
El médico me sonrió comprensivamente y me dio algunos consejos sobre el cuidado prenatal antes de despedirse. Cuando salí de la sala, la enfermera me entregó una copia de la ecografía. Miré la pequeña imagen en el papel, y aunque todavía era difícil de distinguir, no podía evitar sentir una conexión profunda con ese diminuto ser.
Salí de la clínica con la ecografía en la mano, sintiéndome más ligera de lo que había estado en semanas. A pesar de todo, a pesar del miedo y la incertidumbre, había algo maravilloso en saber que estaba creando una vida. Por un momento, todos mis problemas con Frederick, mis dudas sobre el futuro, parecieron desvanecerse. Todo lo que importaba era ese pequeño corazón latiendo.
Decidí caminar un poco más antes de volver a casa, dejando que el aire fresco despejara mis pensamientos. Caminé por las calles de la ciudad, mirando a las personas que pasaban a mi lado. Me preguntaba cuántas de ellas habrían pasado por algo similar, cuántas habrían sentido la misma mezcla de emoción y temor.
Cuando finalmente llegué a mi departamento, me senté en el sofá, sosteniendo la ecografía frente a mí. Quería llamar a alguien, compartir lo que había experimentado, pero no sabía a quién. Sarah había sido un gran apoyo, pero esta experiencia era tan personal, tan íntima, que no estaba segura de querer compartirla con nadie más en ese momento.
Mis pensamientos volvieron inevitablemente a Frederick. Me preguntaba si debería contarle sobre la ecografía, si debería intentar nuevamente abrir un canal de comunicación con él. Después de todo, este era su hijo también, aunque él hubiera decidido no enfrentarlo todavía.
Pero luego recordé su frialdad, su rechazo. ¿Realmente quería exponerme a eso otra vez? ¿Quería arriesgarme a que volviera a apartarse, a hacerme sentir como si todo esto fuera solo mi problema?
Decidí esperar. Necesitaba tiempo para pensar, para procesar lo que había experimentado. Quizás en unos días, cuando mis emociones estuvieran más en orden, podría intentar hablar con él de nuevo. Pero por ahora, todo lo que necesitaba era tiempo para mí y para este pequeño ser que había empezado a cambiar mi vida de maneras que no podía haber anticipado.
Con ese pensamiento, guardé la ecografía en un cajón junto a mi cama, asegurándome de que estuviera a salvo. Me recosté, colocando una mano sobre mi vientre, y cerré los ojos, dejando que la tranquilidad del momento me envolvieran. No sabía qué me deparaba el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, sentí una chispa de esperanza.
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Building dreams #1
Novela JuvenilFrederick Montgomery es el dueño de las empresas más prestigiosas del mundo, un hombre de carácter implacable y presencia dominante. Arrogante, frío y calculador, siempre ha puesto los negocios por encima de todo, incluso de su familia. Viudo y padr...
