El eco de lo sucedido en la forja aún resonaba en mi mente como un martilleo constante, un tamborileo que no cesaba. Sentía en mi pecho una vibración extraña, como si algo desconocido intentara abrirse paso desde mi interior. Con esa mezcla de emociones difícil de descifrar, seguí a Jennifer fuera del taller.
Frente a nosotros, las puertas de metal armado se alzaban como guardianas inquebrantables. Sus grabados, runas antiguas y sellos, parecían narrar historias que no podían ser comprendidas con una simple mirada. Había algo en ellas, algo arcano que me inquietaba, como si al pasar por su umbral dejara atrás más que un espacio físico. Su diseño era rústico, casi rudimentario, pero su robustez era evidente; cualquiera que las viera sabría que pesaban toneladas, y, aun así, ahí estaban, respondiendo al toque de Jennifer como si fueran plumas. Con la misma naturalidad con la que movía un yunque, Jennifer accionó el mecanismo de apertura. El sonido que siguió fue profundo y vibrante, un retumbar que pareció llenar el aire y acallar cualquier otro ruido. Las puertas, lentas y ceremoniosas, comenzaron a abrirse, dejando que los rayos del sol se filtraran tímidamente al principio, luego con más fuerza. La transición de la penumbra de la forja al exterior fue abrupta, y como ya estaba acostumbrado, bajé la mirada, dejando que mis ojos se adaptaran al cambio.
Cuando crucé el umbral y di los primeros pasos hacia el exterior, una bocanada de aire fresco me golpeó. Fue entonces cuando lo noté: el cambio. El aire ya no tenía ese olor metálico, denso, cargado de humo y carbón. Ahora, lo que me rodeaba era un aroma limpio, floral, con notas de lavanda y hierba recién cortada. Había algo dulce también, algo que no podía identificar, pero que era igualmente reconfortante. Inspiré profundamente, dejando que ese aire nuevo llenara mis pulmones, y sentí cómo el sol cálido se deslizaba sobre mi piel como un abrazo acogedor.
Lentamente, alcé la cabeza y dejé que mis ojos se adaptaran a la luz antes de abrirlos por completo. Y ahí estaba: Light, la ciudad más grande de Corpo, una joya que combinaba lo rústico con lo funcional en un equilibrio perfecto. La ciudad se desplegaba ante mí como un cuadro lleno de vida. Las casas de madera envejecida se alzaban con tejados de tejas carmesí que brillaban bajo el sol del mediodía, como si estuvieran diseñadas para capturar su luz. Las calles, pavimentadas con piedras desgastadas por el tiempo, serpenteaban entre jardines y árboles, como si la naturaleza y la arquitectura hubieran firmado un pacto de convivencia.
—Vamos, no te quedes embobado —dijo Jennifer, dándome un codazo suave en las costillas.
Su sonrisa ladina me sacó de mi ensoñación, y le devolví una mirada algo avergonzada. Su gesto era tan despreocupado, tan natural, que me hizo sentir tonto por haberme quedado inmóvil tanto tiempo. Con un movimiento de cabeza, me indicó que la siguiera. Asentí en silencio, dejando que mi cuerpo actuara por instinto mientras mi mente seguía procesando lo que acababa de ver.
El bullicio de la ciudad nos recibió a medida que nos adentrábamos en la avenida principal. La vida en Light era vibrante, casi caótica, pero había un orden subyacente que la hacía fascinante. Los vehículos de la corporación circulaban sin descanso: coches, motocicletas, camiones, y de vez en cuando, algún carro tirado por caballos que recordaba un pasado no tan lejano.
A ambos lados de la calle, los negocios competían por la atención de los transeúntes. Sus letreros, diseñados con la estética característica del steampunk, destacaban por sus detalles: tubos de cobre relucientes, engranajes ornamentales que giraban lentamente y cristales tintados que reflejaban la luz de formas casi mágicas. Cada tienda parecía un mundo propio, una pequeña ventana a un universo lleno de posibilidades.
Pero no era solo en las fachadas donde predominaba ese estilo. La moda de los habitantes reflejaba la misma fusión entre lo clásico y lo industrial. Sombreros de copa decorados con lentes y engranajes, corsés adornados con cadenas doradas, botas altas y relojes de bolsillo que parecían más herramientas de precisión que simples accesorios. Incluso los edificios gubernamentales, las escuelas y las estaciones de policía compartían esa estética funcional y detallista.
Mientras caminaba junto a Jennifer, mis ojos vagaban de un lado a otro, intentando absorber cada detalle. Había algo en Light, una energía que se sentía en el aire, como si la ciudad misma estuviera viva. Sin embargo, por más que intentara perderme en el presente, mi mente no podía escapar del recuerdo de lo que había sucedido en la forja. Una y otra vez, esa chispa, esa llama que no debería haber estado ahí, volvía a mi mente. Sentí cómo mi expresión cambiaba sin darme cuenta, adoptando un gesto más serio y reservado. Jennifer lo notó. Siempre lo hacía. Giró ligeramente la cabeza hacia mí y, con una sonrisa burlona, dijo:
—No pongas esa cara de gruñón, ¿quieres? —Señaló hacia un callejón lateral, donde una casa pequeña y discreta se escondía entre dos edificios más altos—. Sett nos está esperando. Y ya sabes cómo es. Si llegamos tarde y la comida se enfría, será insoportable. Y si te ve con esa cara, te va a dar uno de sus discursos. No pude evitar sonreír, aunque fuera de forma forzada. Asentí en silencio y seguimos nuestro camino.
La casa de Jennifer y Sett era, como ellos, única. Pequeña y acogedora, parecía un refugio diseñado para pasar desapercibido. Jennifer abrió la puerta con una delicadeza que no era típica en ella, como si intentara no hacer ruido. Pero, apenas un segundo después, toda esa delicadeza desapareció. Con un movimiento rápido, pateó la puerta y soltó un grito que resonó en toda la calle: —¡TGC, inspección de culos! ¡Científico Sett Black, manos arriba y culos donde yo pueda verlos!
Me quedé petrificado. La escena era tan absurda que no sabía si reír o esconderme debajo de una mesa. Entonces apareció Sett, calmado como siempre. Su presencia era casi mística: una túnica negra con detalles dorados, botas altas que parecían diseñadas para caminar por mundos desconocidos, y una camisa blanca impecable que contrastaba con su aire relajado.
—Jennifer, mi amor —dijo con una sonrisa serena—. Eres la viva imagen del caos, varios trastornos mentales y probablemente sobre medicación... pero, aun así, te amo con locura.
Jennifer, por primera vez, quedó sin palabras. Su rostro pasó por todos los tonos de rojo posibles antes de hundirse en un sillón cercano.
—Imbécil... no me digas esas cosas —murmuró, mirando al suelo.
La escena era tan entrañable que no pude evitar sonreír. Dejé mi chaqueta en el perchero y saludé a Sett.
—Ey, Sett. ¿Qué tal todo por los laboratorios de Corpo?
—¡Muy bien, Michael! Gracias por preguntar. Más tarde te enseñaré algunos archivos confidenciales... de esos que tanto te gustan.
Ambos reímos, y pronto nos sentamos a la mesa. Sett había cocinado pollo al curry, mi plato favorito. Mientras comenzábamos a comer, el ambiente se llenó de risas y bromas. Pero en el fondo, algo en mí seguía inquieto.
—Pues... siendo sincero, tengo que contarles algo —dije finalmente, rompiendo el bullicio.
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CORPO | El reino Artificial
AdventureUna corporación que antaño estaba dirigida por un ordenador obsesionado por el control de la población, comienzan a notar casos extraños en sus instalaciones, las cuales cada vez se expanden a más territorios generando temor y revueltas entre los ci...
