El laberinto de la mente

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Clasificación: Estrés

Las horas caen como gotas de lluvia,
y yo, bajo la tormenta, busco refugio.
El día me consume en su espiral interminable,
y el reloj se burla de mi intento por escapar.

Cada minuto se arrastra, pesado, denso,
como si el aire mismo estuviera saturado de ansiedad.
Mis pensamientos corren sin freno,
choque tras choque, como un río desbordado.

Las manos tiemblan, la mente se retuerce,
y todo lo que quiero es encontrar un rincón,
un lugar donde el mundo se detenga,
pero no hay pausa, no hay descanso,
solo la constante presión del deber.

Cada mirada hacia el futuro es borrosa,
las metas parecen un horizonte lejano,
como montañas que no puedo escalar.
El miedo susurra en cada rincón,
y mi corazón late, frenético, sin descanso.

Me siento atrapado, preso de mis propios pensamientos,
cada decisión se convierte en un peso insostenible,
y cada tarea que comienza con esperanza
termina siendo una piedra más en mi espalda.
¿Será suficiente? ¿Bastará?

El sudor recorre mi frente,
pero el frío interior no se va.
Los ecos de la presión resuenan en mi pecho,
y el alma se ahoga en un mar de expectativas.
Cada paso es vacilante, inseguro,
y la mente grita: "No puedes".

Los plazos se ciernen como sombras,
y las horas se disuelven en un rincón oscuro,
donde los segundos son tan largos
como las noches sin fin.
Cada respiración se convierte en una lucha,
como si el aire estuviera espeso, impenetrable.

¿Dónde está la calma?
¿Dónde la paz?
Todo lo que siento son estos latidos agitados,
esta sensación de estar corriendo sin moverme.
La cabeza gira, la mente arde,
y lo que alguna vez fue claro ahora es un laberinto de confusión.

Las tareas se multiplican como fantasmas,
se agrupan en una lista infinita
que jamás parece terminar.
Me miro al espejo y no reconozco mi rostro,
es un reflejo de fatiga, de estrés crónico,
de un cuerpo que ha llegado al límite.

El reloj, inclemente, sigue avanzando,
y yo, atrapado en su ritmo,
siento que me desintegro en cada tic.
Lo intento una y otra vez,
pero cada error se convierte en un abismo.
El miedo al fracaso me consume,
y la angustia me arrastra a su oscuridad.

Los pensamientos se atropellan en mi mente,
se cruzan, se confunden, se deshacen.
"Debo hacer esto", "No olvido aquello",
"¿Qué haré después?", "¿Seré suficiente?".
Mi mente es una tormenta que no cesa,
y yo, en el centro, trato de mantenerme entero.

La ansiedad me ahoga, me estrangula,
y aunque trato de liberarme, el peso es insoportable.
La angustia se convierte en un monstruo invisible
que se cuela en mis venas y no me deja en paz.
Cada intento de concentración es inútil,
el miedo a no llegar a tiempo me consume por dentro.

La presión se acumula, se apodera de mi pecho,
y las horas pasan como si fueran segundos,
y cada segundo parece un reloj que explota.
¿Hasta cuándo durará esta tormenta interna?
Mis pensamientos son un mar agitado,
y yo, un navegante perdido, luchando por no hundirme.

El mundo sigue adelante, ajeno a mi tormenta,
pero yo me siento como si estuviera atrapado en un túnel oscuro,
sin salida, sin esperanza.
Las expectativas ajenas se mezclan con las propias,
y cada peso sobre mis hombros me hace más pequeño.

Es como si todo estuviera fuera de lugar,
como si mi vida se hubiera desordenado en mil pedazos
y yo, inútilmente, intentara recomponerla.
Cada tarea pendiente es una daga más en mi espalda,
y no sé cómo seguir adelante cuando todo se desmorona.

El estrés se convierte en mi sombra,
y ya no sé si puedo vivir sin él.
Es una constante, una presencia
que me sigue, me acosa, no me deja respirar.
La calma parece una promesa vacía,
una meta lejana que nunca alcanzo.

Miro al cielo, buscando consuelo,
pero las nubes son igual de grises que mis pensamientos.
Los sueños, antes tan brillantes,
ahora se desvanecen en un mar de dudas.
Y todo lo que quiero es un descanso,
una pausa, aunque sea breve, para recuperar fuerzas.

El silencio, por un momento, parece escapar,
pero pronto regresa, como una ola arrolladora.
La mente no para, el cuerpo no responde.
Mis manos, que alguna vez fueron firmes,
ahora tiemblan ante la montaña de tareas que me aguarda.

La culpa me persigue, como un lamento en la oscuridad,
y aunque trato de avanzar, el miedo me paraliza.
El reloj sigue su marcha inquebrantable,
y yo sigo aquí, corriendo sin llegar,
sin saber si alguna vez alcanzaré la meta,
o si todo esto es una carrera sin fin.

La angustia crece, se extiende, se apodera,
y yo, atrapado en su red, me dejo arrastrar.
No hay descanso, no hay refugio,
solo este incansable correr,
este constante esfuerzo por mantenerme a flote
en un océano de obligaciones.

¿Qué sucede cuando el cuerpo ya no puede más?
¿Qué pasa cuando la mente ya no da abasto?
Yo sigo aquí, atrapado en mi propia lucha,
buscando una salida que nunca aparece.
El estrés es un monstruo al que le he entregado mi alma,
y ahora, no sé cómo liberarme.

Pero la vida sigue adelante,
y yo sigo siendo arrastrado por su corriente.
Las horas se disuelven, y yo sigo luchando,
aunque mi cuerpo y mi mente me pidan rendirme.
Este es el precio del estrés,
y yo pago con cada respiro, con cada paso,
en una batalla que no sé si ganaré.

Visiones ocultas  #1 volumen Donde viven las historias. Descúbrelo ahora