Eita Otoya es un completo mujeriego pero un día su "amiguito" ya no se para en el momento íntimo con una de sus conquistas.
¿Que pasara cuando le pida ayuda con su problema a su mejor amigo Karasu Tabito?.
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•Pareja principal:
Karasu [Top...
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Su cuerpo no puede sentirse más caliente y ansioso a la vez. Otoya se siente perdido en el placer que genera la manera tan sensual que el azabache tiene al tocarlo. Las manos de Karasu son grandes y su piel está fría, razón por la que sus caricias lo hacen estremecer cada segundo que pasa.
—Eres perfecto.—Suelta en un susurro audible solo para sí mismo mientras posa sus manos en la cintura ajena, aprieta un poco su agarre allí; aquella acción hace que el otro suelte un pequeño jadeo.
—¿Tanto te gusta torturarme?.—Su pregunta hace arquear una ceja al otro.
Han pasado varios minutos desde que el mayor sacó sus dedos de su interior. Otoya debe ser sincero; esperaba que el otro, luego de prepararlo, lo embistiera sin un toque de delicadeza, pero no fue así. Tabito comenzó a observarlo en silencio y luego solo comenzó a recorrer una vez más su cuerpo con una lentitud provocativa.
—¿Por qué lo dices?.—El pelinegro no desvía su mirada del cuerpo más pequeño; sus ojos se han clavado en el vientre del albino.—¿Acaso estás desesperado porque te folle?.—Esta vez levanta levemente la mirada y la enfoca en los ojos verdes del menor, que lo miran expectantes. Las palabras que pronunció hacen sonrojar a su mejor amigo y él se siente complacido por ser el responsable de que Eita saque a relucir su lado tímido.
—Tarado... no te creas mucho, cuervo.—El albino voltea su rostro y de nuevo desvía la mirada.
—Solo responde con un sí o un no.
Otoya suspira; siente, en todo el sentido de la palabra, las ansias de su cuerpo por dejarse caer aún más ante la tentación que Karasu le ofrece.
—Sí.—Responde por lo bajo, pero audible para el otro. El pelinegro sonríe ante su respuesta.
—Si tanto deseas que te folle, lo haré gustoso.—Ronronea, triunfante y satisfecho.
Y sin previo aviso, el mayor deja la cintura de Otoya y lleva sus manos a las rodillas del albino que yacen dobladas. Karasu separa, con un toque de salvajismo, las piernas blancas del menor y se acomoda con rapidez entre ellas. El azabache está tan cerca de su parte baja que el de ojos verdes puede sentir a la perfección cómo su polla erecta roza su entrada de una manera tentadora.
Otoya Eita nunca esperó estar tan excitado por tener una verga entre sus piernas.
—Es grande, ¿verdad, bebé?~.—Tararea con tono juguetón y Otoya se pregunta dónde su amigo mantuvo oculta toda esa perversión.
—Espero sirva.—Dice sin pensar y Karasu ríe.
—Servirá tan bien que nunca olvidarás esto.—Suena como un juramento, pero más consigo mismo. Karasu desea dejar marca en él, literalmente, quiere que Otoya nunca olvide lo que estaba por suceder.
Quiere que Otoya se vuelva adicto a él.
El albino siente su entrada húmeda y resbalosa, pero también palpitante; se siente avergonzado por sentir la necesidad de ser atendido allí. Nunca en su vida pensó estar así; bajo otro chico, estando a punto de ser follado.